miércoles, 15 de junio de 2016

Causas y consecuencias de la salida del Reino Unido de la Unión Europea: la perspectiva energética.



Queridos lectores,

No hace aún un año analizaba desde este blog la situación que se planteaba en Grecia con el referéndum que el Gobierno de Syriza le planteaba a su población sobre si estaba dispuesta a aceptar más recortes a cambio de un nuevo crédito a corto plazo (mal llamado siempre "rescate") o bien quería romper la baraja. En aquel momento yo contaba con que, si el pueblo de Grecia escogía rechazar el "rescate" asfixiante, Grecia estaría condenada a salir de la zona euro. No contemplaba yo que la extorsión ejercida por la troika, con la colaboración necesaria del Banco de Grecia, llevaría al Gobierno de Alexis Tsipras a rendirse incondicionalmente y a aceptar aún más deuda para pagar deuda, en contra de la opinión mayoritariamente en contra expresada por su pueblo. El caso es que, un año después, los problemas de Grecia no han terminado sino que, obviamente, se han seguido agravando tal y como anticipábamos. La claudicación de Tsipras delante de la troika llevó a varios ministros a abandonar el gobierno (incluyendo Yanis Varoufakis, el mediático ministro de Economía) y a la convocatoria de elecciones anticipadas, que volvió a ganar una descafeinada Syriza. Desde entonces, se han producido varias huelgas generales y manifestaciones en protesta por las inclementes medidas de reducción de derechos y de prestaciones que el Gobierno griego ha copiado con buena letra de los dictados de la troika. A diferencia de España, donde el incremento del endeudamiento público ha permitido una cierta mejora económica durante 2014 y 2015, en Grecia la recuperación económica ni está ni se la espera. En el transcurso de los próximos años Grecia tendrá que continuar renegociando cada vez más onerosos contratos de usura vendidos como "rescates", y eventualmente en algún momento tendrá que plantearse su salida de la zona euro.

Pero antes de eso un nuevo factor de incertidumbre ha aparecido en la escena europea. En este caso se trata de la posible salida de la Unión Europea del Reino Unido (también conocida como Brexit). A diferencia de Grecia, cuyo PIB representa menos del 0,2% del de la UE, el PIB del Reino Unido está alrededor del 17% de toda la Unión. A pesar de que el Reino Unido no pertenece al núcleo monetario de la Unión, la zona euro, es una economía de mucho peso en Europa y su eventual salida desestabilizaría mortalmente la Unión Europea. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Analicemos la situación con unos argumentos que raramente son los que se utilizan en esta discusión, los de la crisis energética.


Situación actual:

El auge de UKIP, el partido nacionalista y euroescéptico, y la contestación dentro de su propio partido llevó al primer ministro británico David Cameron a plantear la necesidad de hacer un referéndum para consultar a la población de las islas sobre su interés en permanecer en la Unión Europea. Seguramente los estrategas de su partido consideraron que era necesario plantear este referéndum, en parte porque la larga tradición democrática del Reino Unido no permitía ignorar el creciente clamor popular (como se suele hacerse sin embozos en otras latitudes) y en parte porque tal referéndum permitiría desactivar una de las principales bazas el UKIP. Desactivaría el argumento, obviamente, si el "Sí" a la UE gana el referéndum; pero cuando faltan ocho días para la consulta, algunas encuentras apuntan a que el "No" aventaja al "Sí" en casi 10 puntos (aunque con un porcentaje importante de indecisos). Los partidos tradicionales han comenzando a comprender el riesgo que están corriendo y estos días han puesto toda la carne en el asador para intentar parar lo que sería un movimiento telúrico a nivel mundial tanto por sus consecuencias políticas como por las económicas.


Lo que en principio era una buena estrategia política para dejar sin argumentos a una fuerza política emergente podría volverse completamente en contra del partido conservador y por ende del establishment político. Demasiado tarde ha comprendido el Gobierno británico que David Cameron tiene mala prensa entre las clases populares que secundan masivamente el Brexit, ya que le atribuyen muchos de sus presentes males. Por eso la campaña del Gobierno se centra ahora en mostrar las opiniones de personalidades de prestigio, incluyendo científicos, e incluso dan eco mediático a las declaraciones pro-UE del hasta hace poco muy demonizado nuevo líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn.


Causas:

A posteriori es fácil decir que el movimiento del Partido Conservador británico de llamar a sus conciudadanos a las urnas ha sido un error; sin embargo, la visión un tanto clásica de la situación social británica no concedía ningún margen de credibilidad a este posible revés. De hecho, la misma estrategia de desactivar los conflictos permitiendo que se debatan abiertamente y que al final el pueblo vote le sirvió hace menos de un año para desarmar otro conflicto político de gran potencial desestabilizador: la independencia de Escocia. Ocurre, sin embargo, que la cuestión escocesa tocaba un tema más localizado y menos asociable a los actuales problemas económicos en las islas, lo cual favorecía la diversidad de opiniones entre los escoceses y que finalmente triunfase (aunque por un margen tampoco extremadamente holgado) la opción más conservadora y menos arriesgada. La salida de la Unión Europea, por el contrario, es un tema mucho más transversal y que hace mucho tiempo que en el Reino Unido se asocia con los presuntos perjuicios económicos originados por la pertenencia a la Unión que perciben la población. Un tema que es recurrente es el que la UE favorece los flujos migratorios hacia el Reino Unido, tema que preocupa actualmente fundamentalmente no tanto por la  escasez del trabajo (el paro es sólo del 5%) como por la caída de los salarios. Estamos hablando nuevamente del problema de la devaluación interna: debido al incremento del coste de la vida y la caída de la renta disponible de la clase media, la vida en el Reino Unido es cada vez menos asequible.

La carestía de la vida es más acuciante para los perceptores de rentas más bajas, que corresponden a las personas que desempeñan empleos menos cualificados. Estas personas se sienten especialmente amenazadas por la llegada de emigrantes mayoritariamente no europeos, los cuales pueden fácilmente acceder a las cuantiosas ayudas sociales que el Reino Unido ofrece a sus clases sociales más desfavorecidas. No pocos asocian sus crecientes dificultades con un "exceso de inmigrantes" y creen que se deberían endurecer los filtros fronterizos, para que "la gente de aquí" pueda mantener su estándar de vida "de siempre". Y de este poso de descontento popular ha bebido el UKIP, adoptando una bandera ramplona y populista.

Visto desde una perspectiva europea (y no digamos ya española), el nivel de ayuda social del Reino Unido continúa siendo increíblemente elevado y por tanto asombra un tanto tanta reacción ante las tímidas reformas que se han introducido en él. Desde el continente se comprende mal, en todo caso, qué tiene que ver el problema son los inmigrantes no europeos con la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. Sin embargo, desde el Reino Unido la UE ha sido siempre percibida como una molestia, a veces conveniente pero generalmente fastidiosa. En particular, muchas veces se le ha echado la culpa a la UE de la implantación de cierta legislación demasiado bienintencionada y generalmente nociva para los intereses del Reino Unido, y pocas veces se ha explicado que la trasposición de directivas europeas muchas veces ha respondido a los intereses de la elite británica y en algunos casos, en los que las directivas europeas podían favorecer los intereses populares, justamente no se han traspuesto. Lo mismo da. Ese espantajo de la UE es lo que agita el UKIP cuando dice que con la salida de la Unión Europea y el restablecimiento de estrictos controles en las fronteras se evitaría la llegada masiva de desposeídos que anhelan el paraíso británico y que están perjudicando a sus nacionales, y muchos así lo creen.

En clave nacional, un aspecto interesante del referéndum sobre la permanencia en la UE es que ha puesto de manifiesto el creciente rechazo al primer ministro Cameron. Muchos de sus compatriotas no le perdonan que haya aprobado leyes para reducir la asistencia social a las rentas más bajas y en general medidas de ajuste y recortes, todos ellas en realidad bastante tímidas y que dejan el nivel de estos servicios a una escala suntuaria visto desde aquí. Lo cual demuestra que el camino del descenso es más duro de transitar que el del ascenso.

La generalización de los servicios sociales que protegen las rentas más bajas arrancaron con fuerza en los ochenta, con la bonanza del petróleo. Es la época en la que el Reino Unido empieza a explotar masivamente el petróleo que extraía en los campos del Mar del Norte, los del petróleo tipo Brent que aún hoy se usa de referencia de precios en Europa a pesar del indisimulable y precipitado descenso de su producción.
Como pueden ver en la gráfica que sigue a estas líneas, durante los años 80 el Reino Unido comenzó a exportar petróleo y vivió un tiempo de una bonanza económica que Margaret Thatcher supo atribuirse con habilidad.




Para conseguir la paz social, durante los años 80 los ayuntamientos comenzaron a ofrecer múltiples ayudas, comenzando por viviendas de alquileres muy moderados o incluso costeadas por el municipio. Hoy, más de 30 años después, la bonanza del petróleo es un recuerdo (el Reino Unido llegó a su peak oil a finales de los años 90 del siglo pasado y desde 2005 ha de importar petróleo), pero ese período único de la historia británica ha originado hogares británicos de clase más baja que albergan hasta tres generaciones en las cuales ninguno de sus miembros ha trabajado jamás.

No es por ello casual que, cuando la producción de petróleo comenzó a acelerar, el Reino Unido consiguió generar un importante superávit comercial (ver figura bajo estas líneas). Tras el bache de producción de finales de los ochenta, el Reino Unido recupera brevemente su superávit comercial, pero la llegada de su peak oil envía definitivamente al Reino Unido al terreno del déficit comercial permanente, poco antes de dejar de exportar petróleo hacia 2005. No es tampoco casual que desde 2005 el consumo de petróleo del país comenzara una ligera caída, en un intento de evitar un incremento más acelerado del déficit. Obviamente el Reino Unido tuvo que acometer un importante cambio en su estructura económica y social para poder conseguir esa reducción de consumo, algo que comentaremos con más detalle después.



No sólo la producción de petróleo empezó su declive con el cambio de siglo; también lo hizo la del gas, combustible fundamental para la generación eléctrica y para la industria británica. Como en el caso del petróleo, el Reino Unido ha ido reduciendo su consumo durante la última década para evitar incrementar su déficit comercial.

 
Tal descenso relativamente abrupto en dos fuentes de energía sólo se ha podido capear cambiando la estructura industrial del país. Efectivamente, desde 1990, explotando con habilidad los excedentes de la época del petróleo, el Reino Unido consiguió hacer una gran transición económica centrándose en el sector de los servicios financieros, con la City londinense como mascarón de proa. Entre tanto, el Reino Unido ha reducido su industria, sobre todo la más pesada y más intensiva en energía. De ese modo ha conseguido aumentar su PIB y al tiempo mantener su consumo de energía relativamente constante: el sueño de la desmaterialización de la economía hecho realidad, vamos. 

La razón por la cual el Reino Unido no se usa como ejemplo de desmaterialización es que su modelo no es exportable a ningún otro país: el Reino Unido ha conseguido concentrar una parte muy significativa de la intermediación financiera mundial en Londres, a costa de que obviamente quede menos negocio en el sector para cualquier otro posible actor (y los británicos defienden su nicho de negocio con una fina mezcla de agresividad y pragmatismo). Lo cierto es que sin esta financiarización del Reino Unido el país hubiera caído en una grave crisis económica del estilo de las que describíamos en el post "La bancarrota petrolífera". Pero conseguir este milagro económico no se ha hecho a coste cero: el Reino Unido sufrió una de las reconversiones industriales más duras de Europa durante los 80 y los 90 que destruyó la industria pesada que la crisis de los 70 había respetado, y que dejó humillada y de rodillas una clase trabajadora a la que sólo se pudo apaciguar con las políticas sociales que comentábamos más arriba.


Hasta hoy. La paz social comprada con las medidas masivas de cobertura social, financiadas primero con los excedentes del petróleo, después con los del sector financiero, no da mucho más de sí: los primeros entraron en crisis con el cese de las exportaciones petrolíferas en 2005, y los segundos con el hundimiento del sector financiero en 2008. Es en este contexto que David Cameron ha tenido que comenzar a hablar de recortes, esos que las clases populares no le perdonan. Entre tanto, esa clase social que en España formaría parte del 20% de la población en peligro de pobreza y exclusión, en el Reino Unido aún disfruta de cierto bienestar pero está desnortada y ha perdido en parte su conciencia de clase, a veces recuperada con destellos como la explosión de violencia de 2011: miles de chavs saqueando no en busca de una dignidad de clase sino de smartphones y zapatillas de marca, manjares del banquete de hiperconsumo al cual no están convidados, generaciones zombies del "No future" post-punk. Un caldo de cultivo perfecto para el populismo del UKIP, y un ejemplo más de que la política del resentimiento social que comenta John Michale Greer avanza con fuerza en el mundo occidental.

Consecuencias:


Si al final las fuerzas favorables al "Sí" consiguen enderezar la situación (quizá hasta ahora no se habían tomado en serio el reto, quizá el anuncio del avance del "No" se hace intencionadamente para movilizar a los indecisos) el Reino Unido continuará en la Unión Europea, lo cual se percibirá desde los círculos económicos y financieros como algo positivo, pues justamente lo que más interesa a la principal industria del Reino Unido es que el capital pueda circular libremente. Dada la inevitable decadencia del modelo económico occidental, el Reino Unido seguirá el mismo camino que el resto de la UE, hasta que algún día eventualmente sus caminos comiencen a divergir.


Pero si al final el resultado del referéndum es el "No", se abriría un inesperado y proceloso rumbo tanto para el Reino Unido como para la UE y el mundo. De entrada los mercados financieros entrarían en modo pánico, pues los costes de la secesión serían muy elevados a ambas orillas del Canal de la Mancha, con ramificaciones que llegarían a lugares muy lejanos. Dado que hace tiempo que se multiplican los signos de debilidad económica mundial y que las bolsas europeas no acaban de levantar cabeza (con el sector bancario en el punto de mira, también en España), toda la tensión acumulada acabaría por estallar y arrastraría las bolsas de medio mundo a explorar niveles no vistos ni en la recesión de 2008; con todo, ése sería sólo el efecto a pocos meses vista.

El Reino Unido, celoso de su soberanía, nunca cedió a la tentación de abrazar la moneda única europea, el euro, y eso facilitaría la transición, la cual en todo caso llevaría bastantes meses (se dice que un par de años). La presión para detener el proceso durante todo ese tiempo sería muy intensa, pero si a pesar de ello la secesión llegase a buen puerto se abrirían perspectivas completamente nuevas. De entrada para los presupuestos de la Unión, pues el Reino Unido es un importante contribuyente neto a las arcas europeas. También afectaría gravemente a la economía de la UE y más aún a la del Reino Unido el que todos los intercambios transfronterizos se vieran dificultados.

El Reino Unido lleva sufriendo hace años las consecuencias de haber llegado a sus no muy publicitados peak oil y peak gas; prácticamente cada invierno la Red Eléctrica Nacional emite comunicados avisando sobre restricciones en el suministro de electricidad, justamente porque las bajas temperaturas disparan el consumo pero el suministro de gas no aumenta. Hasta ahora el problema se ha abordado con interrupciones de suministro a las empresas, pero no sería de extrañar que se acaben produciendo restricciones al consumo doméstico. En este contexto, por tanto, resulta extraño que el Reino Unido haya cerrado varias centrales nucleares



Es extraño, o quizá con su flema británica los gobiernos del Reino Unido están demostrando un pragmatismo desconocido en otros lares. A estas alturas es evidente que hay problemas recurrentes con el suministro de uranio, y como vimos  al analizar el pico de la energía la nuclear es una fuente en clara decadencia desde hace décadas. Mientras el gobierno francés opta por una huida hacia adelante que le lleva un día a invadir Malí para salvaguardar sus minas de uranio en Níger y al otro a rescatar, por segunda vez, a la compañía suministradora francesa de uranio Areva, quizá los británicos han decidido que ya es hora de soltar lastre de una energía que será complicado de gestionar en una situación de descenso energético.

Al fin y al cabo, el Reino Unido es de los pocos países que tiene una comisión parlamentaria para analizar los límites del crecimiento, y desde hace años su gobierno ha tomado numerosas iniciativas para abordar el problema que representa el cenit del petróleo, organizando encuentros con la industria y ONGs o proponiendo medidas adecuadas para la gestión de la escasez energética que superan el credo liberal en que el libre mercado será capaz de gestionar una situación de recursos menguantes con eficacia (cuando probablemente lo que haría sería acelerar el colapso).

Es posible que, más bien al contrario, una parte de las elites del Reino Unido hayan comprendido que para adaptarse al descenso energético hay que trabajar con un modelo no convencional de sistema económico y de país. Y para ello el primer paso es zafarse del dogal de la UE, quien obstruiría todas las reformas que se deben emprender. En todo caso, el futuro más sencillo y natural a corto plazo para un Reino Unido fuera de la UE sería aumentar aún más su industria financiera e incluso convertirse con descaro en un paraíso fiscal, para atesorar recursos mientras los demás colapsan más rápido.

Todo eso, por supuesto, es una visión completamente especulativa. Lo que no es especulativo es que un Reino Unido fuera de la UE estaría mostrando el camino a tantos otros países en los que la permanencia no ya en la UE sino en el euro está en tela de juicio. Y si el Reino Unido consiguiese medrar relativamente al resto de la UE, aunque sea con un modelo que no se puede imitar, estaría dando incentivos para que al final más países acaben abandonando la UE. 

Salu2,
AMT

miércoles, 8 de junio de 2016

Dinámica de quiebra



Queridos lectores,

Es curioso constatar que, después de seis años de singladura en este blog y de tantas actividades de divulgación en las que he participado, hay varios obstáculos graves para conseguir la comunicación del problema de los recursos naturales que no sólo me sigo encontrando, sino que de hecho son el principal impedimento para que el esfuerzo que realizo sea más efectivo. Tengo el pobre consuelo de saber que estos obstáculos son, por lo que comentan, idénticos a los que tantas otras personas que han intentado el mismo fin se han encontrado, así que probablemente estos obstáculos no son nada fáciles ni evidentes de salvar y no todo es culpa mía. Pero, dada la importancia de lo que se pretende, no puedo conformarme con saber que nuestra incapacidad es común; y por ello intento una y otra vez intentar entender las causas de estos obstáculos, escuchando conversaciones en el tren, o leyendo comentarios por aquí y por allí en internet, especialmente cuando se descalifican el tipo de argumentos que aquí se usan (a veces directamente artículos publicados en este blog).

En la esfera peakoiler es moneda común describir como principal obstáculo que uno se encuentra en la divulgación del peak oil el denominado "síndrome de Casandra", o sea, la dificultad de ser creído cuando uno anticipa un futuro que no es tan de color de rosa como generalmente se está haciendo creer desde los principales medios de comunicación. El "síndrome de Casandra" es ciertamente un obstáculo importante: a la mayoría de la gente le resulta difícil aceptar que los problemas que se describen en éste y otros foros puedan ser tan graves como se anticipan, por más que se avalen los diagnósticos con profusos documentos públicos y datos provenientes de reconocidas instituciones públicas y privadas, por una lógica bien sencilla: si realmente fuera tan importante este tema haría repetidamente la primera página de los diarios y se comentaría con frecuencia en los telediarios, ergo, debe ser que quien habla está manipulando datos reales, posiblemente escogiendo aquellos que mejor cuadran con una posición previa, para presentar una visión sesgada de la realidad. Por ejemplo, en uno de los comentarios de aquellos posts de hace seis años, un comentarista me acusaba de leer del revés informes de la CIA y otras prácticas cabalísticas y libreinterpretativas, y siguió dándome la brasa hasta que yo le envié a, digamos, hacerse una revisión proctológica no profesional (curiosamente, aquel post trataba sobre el eventual pico de producción del carbón, el cual posiblemente hayamos superado ya o superemos en breve).

El "síndrome de Casandra" no es nada sorprendente teniendo en cuenta la autista dinámica bautómata de nuestra sociedad: la necesidad de mantener la manera de funcionar convencionalmente aceptada como correcta (el Business as Usual, o BAU) hace que automáticamente se filtren todas las noticias que podrían cuestionar este estado de los negocios, y es por ello que blogs como éste tienen que ser marginales por definición. Sin embargo, la degeneración social subsecuente a esta crisis que no acabará nunca ha llevado a una creciente desconfianza de una parte de la población occidental, principalmente la que se está viendo más azotada por la crisis permanente pero también aquélla que, sin aún estar preso de ella, teme estarlo en un futuro no tan distante. Incrementa la sensación de desconfianza la constatación repetida de la ocultación deliberada de los problemas que se suceden en otras partes del mundo y que de repente algunas personas se encuentran para su sorpresa: hace unos años era el ninguneo sistemático de las crónicas negras que si uno buscaba podía encontrar sobre la situación en Grecia, en Ucrania o en Siria; ahora mismo en España el foco de la negación de la realidad próxima está en Francia, donde se está viviendo un verdadero levantamiento popular contra la reforma laboral que el gobierno francés quiere imponer como un trágala y que está desencadenando una fuerte represión policial; a pesar de los paros en las refinerías, el cierre de centrales nucleares y de otras infraestructuras críticas y la evidencia de la respuesta de mano dura, en España se está haciendo una deliberada sordina mediática a todos estos problemas, comentándolos muy de pasada si es que siquiera se llegan a mencionar. Y si en el caso de las crisis en los otros países que antes mencionaba (Grecia, Ucrania, Siria) aún en algunos momentos ha habido cierto eco (para luego ser silenciado durante años, a pesar de que los problemas han seguido), pregúntese el lector si sabe cuál es la actual situación en Libia (donde una eventual intervención militar occidental parece cada día más probable), en Malí (donde hay tropas españolas) o en Nigeria, por poner tres ejemplos (más allá del de Venezuela, que ocupa la obsesión mediática española estos días). En este momento, es esa desconfianza de saberse deliberada y sistemáticamente desinformado lo que favorece que la discusión detallada que se hace en este blog y en páginas similares sea tomada en mayor consideración, sobre todo teniendo en cuenta que la evidencia avala las cosas que tanto tiempo llevamos explicando (por ejemplo, que la escasez de petróleo lleva a la volatilidad de precios, y no a un precio continuamente elevado como neciamente aún repiten los adalides del libre mercado). Así que cada vez somos menos Casandra, aunque aún falta un largo trecho que recorrer.

Con todo, a mi modo de ver no es el "síndrome de Casandra" el mayor obstáculo para la difusión de la problemática del peak oil. El mayor problema, al menos para mi, es la dificultad de hacer comprender cuál es mi objetivo último. Con demasiada frecuencia me he encontrado con respuestas airadas de lectores casuales de alguno de los apuntes de este blog, en las que pretenden que yo soy un catastrofista por decir que el futuro de progreso ilimitado no está en absoluto garantizado. Peor aún, cuando me limito a analizar datos (como hice recientemente en el post sobre el pico de la energía) se me suele acusar de tener una motivación oculta para decir lo que digo (que, generalmente, es un simple análisis de los datos), simplemente porque lo que digo (lo que se deriva de los mismos datos, en realidad) no coincide con una serie de expectativas previas. También, en no pocas ocasiones, cuando indico que en la actualidad se está produciendo una cierta tendencia particularmente negativa, se me acusa de apocalíptico e incluso de morboso, como si por el simple hecho de destacar que algo va mal yo estuviera deseando que la cosa continuara así indefinidamente hasta que todo reventase.

Como digo, el gran problema es que mucha gente no entiende por qué digo lo que digo. Paradójicamente, el hecho de que yo no declare un sesgo evidente hace que mi actitud sea más molesta, y no menos: si yo actuase de acuerdo con una cierta agenda política mi comportamiento sería, de alguna manera, más aceptable desde un punto social; simplemente se acepta o se rechaza una agenda que corresponde con un cliché estándar (ecologista, decrecentista, socialista, liberal...) y se ha acabado la discusión, ya no hace falta razonar más. Sin embargo, dado que yo no me caso con nadie y que sólo me interesan los argumentos lógicos y no los ideológicos, mi actitud resulta más extraña a algunas personas a las cuales mis argumentos no les gustan. Eso les lleva a atacarme con más virulencia, y en el paroxismo para intentar desacreditarme se llega con descaro a poner en mi boca o en mis dedos palabras que yo nunca pronuncié o escribí.

Mi motivación, lo he explicado mil veces, no puede ser más simple: yo quiero un futuro que merezca la pena ser vivido para mis hijos. Y ya puestos, para los hijos de todos, para toda la Humanidad que nos ha de seguir. Ya sé que a algunos esto les puede parecer muy tonto o muy banal; qué quieren que yo les diga, no doy para más: simplemente no hay nada más importante para mi.

¿Y por qué me dedico a hacer divulgación y no confío en lo que hagan las autoridades o expertos competentes? Pues porque no veo una reacción lógica delante de los retos cada vez más evidentes, y me parece que hay demasiado en juego para tomarse las cosas con tanta ligereza. Yo veo problemas graves en el horizonte, problemas que en realidad pueden ser abordados de forma eficaz, seguramente de varias maneras diferentes. Yo no soy quién para decirle a la Humanidad o a una comunidad cuál de esas respuestas es la mejor: no me corresponde y además, sinceramente, no sabría cuál elegir. Lo que me frustra es que en la discusión de los problemas energéticos la mayoría de las veces no veo análisis racionales, ni respuestas lógicas y creíbles, ni tan siquiera serias, a las cuestiones que se plantean: sólo humo y distracciones, que en el fondo, lo único que buscan es que nada cambie de lo que realmente le importa a quien promueve esos falsos debates. Lo que me alucina es el esfuerzo que se hace por negar que la energía está en la raíz de muchos de los problemas económicos que sufrimos actualmente, a pesar de la abrumadora evidencia; y que en particular las limitaciones con la energía son la causa por la cual no podamos salir de la actual crisis económica, al menos no mientras mantengamos el actual paradigma. Finalmente, lo que me enerva es comprobar cuántas mentiras y falsos argumentos se emplean, con el único objetivo de mantener a la gente engañada y tranquila mientras lentamente se va degradando su nivel de vida.

Este continuo esfuerzo de distracción hace que sea aún más difícil la gestión de riesgos, que en el fondo es lo que yo humildemente pido desde esta página. Que uno señale riesgos no quiere decir que desee que se materialicen; en realidad es exactamente al contrario: se quiere advertir del peligro para evitarlo. Curiosamente, hay personas que, aunque yo repita esto mil y una veces, insisten en que lo que deseo es que haya una catástrofe y luego me reprochan que ésta no se haya producido (?) y en unos plazos que obviamente yo nunca he dado (!). Con tal error de juicio sobre lo que yo y otros como yo pretendemos entenderán Vds. que se complica aún más la posibilidad de darle una respuesta adecuada a los problemas.

Si hablamos de cosas más actuales y concretas, hay de hecho un riesgo creciente que me preocupa más cada día que pasa, un nubarrón negro que no para de crecer en el horizonte, y es el de que se acabe produciendo una caída abrupta de la producción de petróleo debido a que hemos caído en una trampa económica que describía hace unos posts, a saber: que debido a la debilidad de la demanda el precio del petróleo ha caído demasiado, y al caer tanto se está desinvirtiendo demasiado rápido y en demasiada cantidad en el sector de búsqueda y desarrollo de nuevos yacimientos; y en un tiempo relativamente breve nos podríamos ver delante de una bajada demasiado brusca de la producción. Esa caída de la producción aceleraría la velocidad de rotación de la espiral de destrucción de oferta - destrucción de la demanda, acelerando nuestro descenso energético hasta el punto de volverlo completamente incontrolable.

Antes de profundizar más en el análisis de este problema, déjenme que repita lo obvio: esta caída acelerada con consecuencias potencialmente desastrosas no es lo que yo deseo, y si quiero hablar de ello es precisamente para que se entienda que este riesgo es real y se tomen las medidas adecuadas (para lo cual hay varias posibilidades) para evitarlo o como mínimo mitigarlo todo lo que se pueda.

El hecho de que al final se materialicen parte de los peligros que yo anticipaba tampoco me ofrece ningún consuelo, teniendo en cuenta lo que está en juego. El hecho de que se haya recurrido estos años a un petróleo poco asequible que estaba hundiendo económicamente a las empresas del sector (con pérdidas continuadas de más de 100.000 millones de dólares al año durante los años anteriores a la caída de precios actual) ha llevado a que, al final, probablemente el año 2015 haya sido en el que se ha producido el peak oil de todos los hidrocarburos líquidos, cosa que yo llevo diciendo desde hace años (al menos desde 2011). Lo cierto es que a efectos prácticos hubiera dado exactamente igual si al final el peak oil se hubiera producido en 2012 o en 2018 (y de hecho aún no podemos confirmar que 2015 haya sido el pico máximo, aunque la acelerada caída de producción en EE.UU. durante el último año prácticamente lo garantiza): lo grave es estar ya tan cerca del momento en el que la producción de hidrocarburos líquidos empieza a bajar, paulatinamente durante los primeros años, un poco más rápido después. Complica encima esta situación la habitual confusión entre "petróleo crudo" e "hidrocarburos líquidos": algunas personas creen que lo que digo está mal porque afirmo aquí que el peak oil de todos los hidrocarburos líquidos seguramente fue el año pasado y al mismo tiempo que el peak oil del petróleo crudo fue en 2005. Ha sido gracias a los petróleos no convencionales que durante 10 años se haya podido compensar la caída del petróleo crudo, pero como sabemos, a qué coste: la actual aceleración de la espiral

Y en realidad saber la fecha exacta del peak oil es difícil y en todo caso no cambia el problema, no modifica lo que se tendría que hacer desde el punto de vista de gestión de riesgos, especialmente porque la incertidumbre en la fecha final es de pocos años y no sobra tiempo para implementar cualquier medida de contingencia. Sin embargo, una parte desproporcionada del sesgado debate sobre este tema se fija en torno a dar la fecha concreta; y ahora que parece que sí, que ciertamente fue 2015 el año del peak oil, la discusión se desvía a minimizar su importancia: "Mira, parece que hemos llegado al peak oil y no ha pasado ninguna de las desgracias vaticinadas". De nuevo, que las peores consecuencias para Occidente aún no se hayan manifestado es poco relevante: sin un cambio radical de rumbo acabarán notándose más pronto que tarde; pero es que, de nuevo, no había predicción concreta para lugares concretos, sólo una paulatina y a veces más acelerada degradación económica para el conjunto de países. De hecho, si uno pregunta a un habitante de Yemen o de Siria si creen que su país ha colapsado en los últimos diez años no tendrán dudas en decir que sí, y el problema es que la nómina de colapsantes sólo puede crecer con el tiempo si no se empieza a poner remedio desde ya mismo.
 
La dinámica que sigue el agotamiento de los recursos es diferente de la socialmente esperada, aunque completamente natural en realidad. Lo que se espera desde las instancias económicas es que cuando la demanda sube el precio suba con ella, y que si el producto escasea el precio subirá lo suficiente para equilibrarse con la demanda o para que el mercado acabe proporcionando un substituto eficiente. No está contemplado en los libros de texto de Economía que tal substituto no exista, y eso hace que no se comprenda la dinámica actual, en la que no queremos pasar sin petróleo pero tampoco podemos aceptar que nos lo vendan por encima de un precio, el cual es insuficiente para el productor, que cada vez tiene mayores costes. Algo tiene que acabar cediendo, y en el momento actual es la producción: ya se estima que a finales de 2017 habrá una caída de producción de petróleo de 3 millones de barriles diarios (3 Mb/d) simplemente teniendo en cuenta los proyectos ya aplazados, y esta nómina sólo puede ir creciendo durante este año. Si la Agencia Internacional de la Energía nos informó de que en 2015 la inversión en exploración y desarrollo de nueva producción petrolífera cayó un 16% respecto a 2014, en 2016 se estima que respecto a 2015 caerá un 26% adicional. Tales tasas de caída se justifican por la lucha por la mera supervivencia de muchas compañías: se estima que en el primer trimestre de 2016 las compañías que operan en EE.UU. (donde se decía que se estaba produciendo una milagrosa revolución energética, el fracking, que ha demostrado ser una quimera) han tenido que destinar el 86% de sus beneficios solamente a pagar los intereses de la deuda. Y lo peor es que en 2016 expiran créditos por valor de 5.000 millones de dólares, pero en 2017 lo hacen 25.000 millones. Que estas empresas puedan devolver el principal parece dudoso, teniendo en cuenta los problemas que tienen ya sólo con el pago de intereses; y conseguir refinanciar la deuda será difícil, viendo lo mal que le va el sector. Todo hace anticipar, pues, el estallido de una nueva burbuja financiera (pues hay muchos derivados asociados al mercado energético), más recesión y por tanto menos demanda de petróleo, y de ahí precios más bajos para el petróleo y una profundización en la desinversión productiva en el sector petrolífero. Si un año y medio de precios bajos hace anticipar caídas fuertes de producción en pocos años, alargar la situación actual puede precipitarnos catastróficamente en el descenso energético.

He ahí los datos. ¿Es inevitable la caída? No, no lo es. ¿Existen soluciones para evitar o compensar los problemas? Sí, sí que las hay. Por ejemplo, se puede esperar a que la cosa empiece a degenerar y entonces los Estados pueden rescatar estas empresas petrolíferas a cambio de endeudarse más y reducir aún más sus prestaciones (más recortes), aumentando el descontento de sus poblaciones y tensando más la cuerda social. O también se podría decidir intervenir en el mercado del petróleo, de una manera más ligera como describía hace algunos posts, o de otras más intervencionistas, e intentar repartir la carga mientras la sociedad se adapta a la nueva situación. O bien utilizar este tiempo extra para planificar una transición, bien fantasiosa (asumiendo que las renovables todo lo pueden - sea o no cierto - y que se mantendrá el status quo actual) o siendo conscientes de que hace falta un cambio de paradigma. También se puede decidir no intervenir en absoluto y aceptar que la cosa irá a donde vaya.

Como ven, opciones hay muchas, y seguramente hay unas cuantas más. La clave es no matar al mensajero, sino comprender que hay decisiones que la ciudadanía tiene que tomar, y que para ello tiene que estar correctamente informada (evitando tratarla con paternalismos pretenciosos a los que muchas veces tiende los partidos políticos). Negar que se está produciendo el peak oil y que se nos agota el tiempo para reaccionar ciertamente no ayuda mucho en este contexto. En el fondo, calificarnos de catastrofistas a los que todo esto explicamos es una manera sibilina de hurtar un debate social que no debería ser ignorado por más tiempo, sobre qué modelo de sociedad queremos y el que tendremos si no reaccionamos.


Salu2,
AMT