jueves, 16 de mayo de 2013

Rumbo de colisión

Querido lectores,

En un post reciente concluía que uno de los problemas mayores que tenemos es la incapacidad de hacer un diseño inteligente de partida y en vez de eso adaptamos soluciones evolutivas. Lo que hacemos, por tanto, es adoptar soluciones que aquí y ahora están bien aunque no lo estarán en un futuro; y cuando las circunstancias cambian y los problemas aparecen hacemos variaciones a partir de las soluciones vigentes para encontrar nuevas soluciones que aborden nuestro problema satisfactoriamente. Tal aproximación, por lógica que parezca, puede llevarnos hacia una colisión inevitable contra un escollo que se encuentra al final de la cadena evolutiva que hemos seguido; y que si hubiéramos podido ver el problema en su conjunto hubiéramos podido escoger otra solución siguiendo un rumbo perfectamente diferente.

Este tipo de lógica evolutiva (o más bien, de huida hacia adelante) está presente en muchos problemas que hoy abordamos desde la tecnología. Introducimos tecnologías que resuelven problemas sin darnos cuenta de que esas mismas tecnologías introducen otros problemas para los cuales proponemos más tecnología y así sucesivamente, hasta que chocamos contra los límites de nuestro ingenio o de los recursos disponibles. Este problema se engloba dentro del llamado Principio de las Consecuencias Imprevistas, que fue introducido por el sociólogo Robert Merton el siglo pasado. Veamos ahora un ejemplo práctico.

Sabemos que a día de hoy hay un problema grave con el diésel: la producción mundial de diésel podría haber llegado a su máximo en 2008 porque, a pesar de que esos sucedáneos de petróleo a los que llamamos "otros líquidos" han conseguido disimular la caída de la producción de petróleo crudo, el hecho es que para hacer diésel hace falta petróleo crudo y además la mezcla que se usa para refinar diésel tiene que tener cierta proporción de petróleo ligero, del cual cada vez hay menos (Irán ya no produce, Venezuela produce muy poco y en Arabia Saudita comienza a escasear). Todo esto ha hecho que la producción de diésel se esté resintiendo ya: algunas refinerías en el mundo occidental están haciendo grandes inversiones para adaptarse a la falta de petróleo ligero y a los altos costes de la materia prima y de la energía (vean aquí un ejemplo en el Reino Unido) mientras que muchas otras refinerías directamente cierran (pueden encontrar una lista en esta página web). En suma, la por fin reconocida llegada del peak oil ha generado muchos efectos no lineales en nuestro complicado mundo, y entre ellos el cierre de refinerías y la disminución aún mayor del acceso a los combustibles.

Uno de los aspectos reconocidos que han hecho más grave esta crisis del diésel es el cambio histórico de coches de gasolina por coches de diésel en Europa durante las últimas dos décadas. Tal movimiento ha respondido a una lógica evolutiva, del mercado: dado que de manera natural se producía en las refinerías una cierta cantidad de diésel y el diésel de automoción tiene mejor economía de combustible que la gasolina, de manera natural el mercado ha tendido a buscar un hueco al relativamente más abundante y más económico diésel. Como ven, todo lógica evolutiva y todo libre mercado.

Sin embargo, por las razones explicadas más arriba la llegada del pico del diésel se ha anticipado a la del pico de la gasolina y en este momento se ve el error de haber fomentado tal dieselización masiva del parque automovilístico. Llegados a este punto, ¿qué podemos hacer? Volver a la gasolina no es fácil: los motores de diésel no son compatibles con la gasolina, y forzar un cambio masivo de vehículos particulares en medio de una crisis que justamente está acarreando una caída de ventas de coche no parece ni fácil ni muy popular. Por otro lado, dejar que el libre mercado regule esta situación tampoco es la mejor opción, puesto que el transporte por carretera y la maquinaria en general usan el mismo tipo de gasoil; ya está habiendo problemas con el transporte por carretera, que se está desplomando por los altos costes del transporte y la caída de la demanda de productos, como para permitir que se agrave aún más y acabe disparando la inflación, lo que traería una mayor caída del consumo y  el agravamiento de la crisis. En suma, hemos llegado a un callejón sin salida: cualquier opción que se escoja provocará muchas consecuencias desagradables. Vamos en rumbo de colisión inevitable.

Es significativa la evolución del Gobierno francés respecto a este problema. A mediados del año pasado hubo cierto revuelo y debate público incubado por los medios de comunicación sobre la conveniencia de arrinconar el diésel, al menos en las grandes ciudades. De acuerdo con el relato que repitieron machaconamente los medios de comunicación galos, un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud ratificaba lo nocivo que es para la salud los gases de los motores de diésel, y eso abría el debate "urgente" sobre la necesidad del cambio. En realidad, desde hace varias décadas se sabe que los motores de diésel son más contaminantes que los de gasolina, a pesar de las muchas mejoras significativas que se ha hecho en su ingeniería; por otra parte, en Francia como en el conjunto de la OCDE (y no hablemos ya de España) el tráfico rodado ha disminuido como consecuencia de la crisis, lo cual retrae relativamente la urgencia de este debate (al menos desde una perspectiva política; el tema de la contaminación del diésel es ciertamente serio y debería haber sido abordado seriamente hace muchos años). Por tanto, da más la impresión de que este debate espoleado por los medios obedece a la necesidad de trasladar a la ciudadanía la necesidad de deshacerse del diésel aunque los motivos reales de esta necesidad se presentan maquillados.

Casi un año después, el Gobierno francés aún sigue deshojando la margarita, sin saber muy bien por dónde tirar. Saben que quieren deshacerse del diésel, pero dentro del Gobierno galo hay sensibilidades contrapuestas sin que nadie sea capaz de proponer un plan realista y viable para hacer ese abandono. Tal impasse ha llevado a algunos hasta hacer bromas sobre la supresión radical del diésel en Francia (inocentada de la que erróneamente yo mismo me hice eco). Mientras tanto, la disponibilidad de diésel sigue bajando, se prevén nuevos cierres de refinerías este año y la situación es cada vez más apurada... pero no hay ni un solo avance.

Un Gobierno debidamente informado hubiera tenido 40 años para anticipar este problema, y la sociedad hubiera podido adaptarse paulatinamente y con cierto éxito. Tal estrategia es la que se conoce como "diseño inteligente": se ve el problema en su globalidad y se diseña la mejor respuesta, con una monitorización constante del resultado. Sin embargo, la estrategia que hemos seguido es la de la respuesta evolutiva: ir dando respuestas a los problemas que se iban presentando, uno por uno, hasta llegar a un callejón sin salida (como el que se puede estar presentando ahora en Venezuela o en Egipto). Es la estrategia del corto plazo, del beneficio inmediato. Éste es el producto de la lógica de lo que llamamos libre mercado (aunque en realidad sea mercado natural, como ya discutimos).

La estrategia evolutiva se puede comparar a una escalera que construimos añadiendo un peldaño cada vez; escalera que vamos remontando sin tener garantías de llegar a ninguna parte en concreto. Y a veces estas escaleras acaban abruptamente, precipitándonos la vacío. Esto también pasa con la evolución de las especies: que a veces se llega a puntos muertos, y las especies asociadas se extinguen. Aquí se ve, una vez más, la lógica perversa de imponer una cierta concepción del darwinismo a la esfera social, y es que la selección del más apto en cada momento no es una garantía de éxito, sino que a veces lo es de un fracaso final y definitivo. Lo más cruel de este fracaso total -la extinción- es que es la coronación de una larga sucesión de éxitos.

Si queremos pervivir como especie, si queremos darle una continuidad al experimento humano, tenemos que intentar superar la lógica del cortoplacismo y encarar los problemas globalmente. Toda la gente que propone pequeños parches (esta nueva fuente de energía aquí, esta nueva fiscalidad allá...) para "resolver el problema" no se dan cuenta que la clave está en "replantear el problema". Y el primer paso es decir la verdad, cruda, a la cara. Y el segundo, pasar a la acción.


Salu2,
AMT

lunes, 13 de mayo de 2013

La huella ecológica del Hombre

Queridos lectores,

He aquí el prometido ensayo de Luis Cosin sobre la capacidad ecológica de este planeta para sostener a los seres humanos. Un texto menos técnico y más comprometido de lo que él acostumbra.
Salu2,
AMT 


¿Cuánto espacio físico necesita una persona para sobrevivir?
Esta pregunta es incómoda y a los más mayores pueden encontrar reminiscencias de ideologías basadas en el Lebensraum (o “espacio vital” (3)).
La respuesta no es única, y depende del estilo de vida y del rendimiento que se obtenga de ese espacio.
En este post, voy a seguir un artículo publicado hace más de 10 años por Dale Allen Pfeiffer, titulado “Comiendo combustibles fósiles” (1). En él se hacen una serie de afirmaciones escalofriantes que deberían hacernos reflexionar seriamente.
Los seres vivos (y los humanos no dejamos de ser seres vivos insertos en un ecosistema más o menos alterado por nosotros mismos) necesitamos un suministro de materiales y energía para mantenernos vivos y desarrollar nuestra actividad.
Hasta la aparición de los combustibles fósiles, esta energía y estos materiales venían esencialmente de la agricultura y la ganadería. Esencialmente, los seres humanos aumentaban su población y su nivel de vida a base de reducir el espacio y la energía fotosintética disponible para el resto de seres vivos.
Dale Allen Pfeiffer lo resume perfectamente en unas pocas frases:
“La necesidad de aumentar la producción agrícola fue una de las causas comunes para la mayoría de las guerras en la historia que conocemos, junto con la expansión de la energía básica (y la producción agrícola es verdaderamente una parte esencial de la energía básica). Y cuando los europeos no pudieron ampliar más los cultivos, comenzaron con la tarea de conquistar el mundo. A los exploradores les siguieron los conquistadores y los comerciantes y los colonizadores. Las razones proclamadas para la expansión pueden haber sido el comercio, la avaricia, el imperio, o simplemente la curiosidad, pero en la base de todo ello, estaba la expansión de la productividad agraria.”
África, América y Oceanía eran continentes mucho menos poblados que Asia y Europa, con sistemas de producción agraria menos eficientes (en general) y durante siglos fueron la válvula de escape para los excedentes de población de los dos primeros, que llevaron consigo los sistemas de explotación intensivos propios de sus regiones de origen.
El sistema basado en la propiedad de la tierra y los frutos producidos por ella llega a su máxima expresión en el siglo XVIII. El poder de la época, la aristocracia europea (y la de otras latitudes) esencialmente era terrateniente y comerciante de productos agrícolas y manufacturas. Es el sistema económico que teorizan Víctor Riquetti, Von Hornick  y Adam Smith y que se lleva a la práctica de mano de ministros como el francés Colbert: el Mercantilismo (6), germen del capitalismo moderno.
“El pensamiento mercantilista se puede sintetizar a través de las nueve reglas de Von Hornick:
  1. Que cada pulgada del suelo de un país se utilice para la agricultura, la minería o las manufacturas.
  2. Que todas las materias primas que se encuentren en un país se utilicen en las manufacturas nacionales, porque los bienes acabados tienen un valor mayor que las materias primas
  3. Que se fomente una población grande y trabajadora.
  4. Que se prohíban todas las exportaciones de oro y plata y que todo el dinero nacional se mantenga en circulación.
  5. Que se obstaculicen tanto cuanto sea posible todas las importaciones de bienes extranjeros
  6. Que donde sean indispensables determinadas importaciones deban obtenerse de primera mano, a cambio de otros bienes nacionales, y no de oro y plata.
  7. Que en la medida que sea posible las importaciones se limiten a las primeras materias que puedan acabarse en el país.
  8. Que se busquen constantemente las oportunidades para vender el excedente de manufacturas de un país a los extranjeros, en la medida necesaria, a cambio de oro y plata.
  9. Que no se permita ninguna importación si los bienes que se importan existen de modo suficiente y adecuado en el país.”
Estando así las cosas, surge la tecnología del vapor, basada en el carbón, y el resto de los combustibles fósiles. La revolución industrial viene, hacia 1.750, en un momento de estancamiento en el cual amplias capas de la población habían caído en la pobreza a causa de la incapacidad del sistema (rígido, basado en la productividad de la tierra) para absorber el incremento demográfico. Las guerras y las hambrunas eran frecuentes, como la provocada por la pequeña edad del hielo (uno de cuyos picos fue alrededor de 1.770, y que se llevó por delante a un 5%-10% de la población europea, notar la curiosa coincidencia con la Revolución Francesa, ocurrida 3 años más tarde (4) ). Y es que el sistema estaba al límite (5).
El carbón (y posteriormente el petróleo, el gas natural, la energía nuclear y el resto de fuentes de energía básica no renovables) desligan, por primera vez en la historia, el crecimiento de la población y su nivel de vida de las posibilidades de conseguir energía primaria y materiales de la tierra.
En estos 200 años, la población humana se ha multiplicado por 7 y ha alcanzado un desarrollo tecnológico y social sin precedentes.
El capitalismo moderno (y el socialismo) deben su desarrollo a esta reserva formidable de energía.
Citando a Dale Allen Pfeiffer:
Justo cuando la producción agrícola no ya no pudo extenderse más mediante el aumento de la superficie cultivada, nuevas innovaciones vinieron a hacer posible una explotación más concienzuda de la superficie ya disponible. El proceso de desplazamiento de “plaga” y de apropiación para la agricultura acelerada con la revolución industrial como la mecanización de la agricultura aceleraron la limpieza y el cultivo de la tierra y aumentaron la cantidad de tierras de cultivo que podían ser atendidas por una persona. Con cada incremento en la producción alimenticia, la población humana crecía rápidamente.
En la actualidad, los seres humanos se han apropiado de cerca del 40% de todas las tierras con capacidad fotosintética. En los EEUU se toma más de la mitad de la energía captada por fotosíntesis Hemos acaparado todo el patrimonio real primario sobre este planeta. El resto de la naturaleza se ve forzada a contraer deudas con lo que queda. Este es, sencillamente, uno de los factores principales para la extinción de especies y de la presión sobre los ecosistemas.”
Entre los años 40 y 60 del siglo XX, se produce un gran crecimiento demográfico en los países desarrollados. Es el “Baby Boom”. Las familias de 5, 6 y 7 miembros son relativamente frecuentes en el mundo desarrollado, y la esperanza de vida aumenta casi 20 años (un espectacular 30%).
Pensemos que, sólo 10 años antes, la necesidad de “espacio vital” para una población alemana depauperada  y numerosa, había desencadenado la guerra más mortífera jamás librada.
Este despegue pacífico es posible gracias a que se generalizan una serie de técnicas agrarias conocidas genéricamente como “revolución verde” de la mano de científicos y divulgadores como Norman Borlaug y William Gaud. La revolución verde reposa en 3 patas:
  • Mecanización del trabajo
  • Irrigación artificial
  • Uso intensivo de fertilizantes artificiales (nitrogenados y fosfatados)
Estas tres tecnologías requieren el uso intensivo de energía, que naturalmente no proviene de las propias cosechas, sino de otras fuentes de energía, que no son renovables: petróleo y combustibles fósiles. La productividad por hectárea ha aumentado espectacularmente desde los años 40 (10):


Según estimaciones que publica Dale Allen Pfeiffer:
“En los EEUU, se gastan anualmente 400 galones de petróleo equivalente (1.514 litros según la equivalencia del galón estadounidense; 1 galón = 3’785 litros; n. del t.) para alimentar a cada estadounidense (datos proporcionados en 1994). El consumo de energía agrícola se descompone como sigue:
  • 31% para la fabricación de fertilizantes inorgánicos.
  • 19% para el funcionamiento de la maquinaria agrícola.
  • 16% para el transporte.
  • 13% para regadíos.
  • 8% para aumentar la ganadería (no se incluye la alimentación del ganado).
  • 5% para el secado de cultivos.
  • 5% para la producción de pesticidas.
  • 8% gastos diversos
No se incluyen en este gráfico los costes del embalaje, la refrigeración, el transporte hacia los puntos de venta al por menor y el uso de la cocina doméstica.
Para dar al lector una idea de la intensidad energética de la agricultura moderna, la producción de un kilo de fertilizante de nitrógeno requiere la energía equivalente de 1,4 a 1,8 litros de combustible diesel. No se considera el gas natural como materia prima. De acuerdo a The Fertilizer Institute (http://www.tfi.org), en el período anual del 30 de junio de 2001 al 30 de junio de 2002, los Estados unidos utilizaron 12.009.300 de toneladas cortas de nitrógeno fertilizante Usando la cifra inferior de 1,4 litros de diesel equivalente por kilo de nitrógeno, esto equivale a la energía contenida en 15.300 millones de litros de combustible diesel o 96,2 millones de barriles.
Por supuesto, eso es sólo una comparación aproximada para dar una idea de la energía que la agricultura moderna requiere.”
Se estima que alimentar a un ciudadano estadounidense (y, por extensión a un habitante de un país desarrollado) requiere 0,5 hectáreas de terreno cultivable de calidad por habitante con los métodos de la agricultura industrial.
Según estimaciones de la ONU, la máxima capacidad de carga (“carrying capacity” (7), (9) ) sostenible de todas las áreas de cultivo actuales en el mundo es:
  • 10.000 millones de personas con un estilo de vida de la India.
  • 8.000 millones de personas con un estilo de vida de China.
  • 6.000 millones de personas con un estilo de vida de Latinoamérica.
  • 4.500 millones de personas con un estilo de vida de Europa.
  • 1.500 millones de personas con un estilo de vida de Norteamérica.
Sin los métodos de la agricultura industrial, quizá tengamos que dividir estas cifras por un divisor entre 2 y 3… En la naturaleza, el recurso fundamental (luz solar) regula la capacidad de caga de la mayor parte de las especies, cuya población sigue ciclos anuales:
Los seres humanos tenemos algo más de control sobre esto. Deberíamos ser capaces de usar nuestra inteligencia para ello.
En palabras de Dale Allen Pfeiffer:
“Actualmente, hay 1,8 acres de tierra cultivable disponible para cultivar alimentos por cada ciudadano estadounidense. Hacia 2050, esto disminuirá a 0,6 acres. Se requieren 1,2 acres para mantener los actuales niveles dietéticos.
Actualmente, sólo dos naciones en este planeta son grandes exportadores de grano: los Estados Unidos y Canadá. Hacia 2025 se espera que los EEUU cesen de ser un exportador de alimentos debido a la demanda interna. El impacto sobre la economía de los EEUU podría ser devastador, ya que las exportaciones de alimentos reportan anualmente 40 mil millones de dólares a los EEUU. O todavía más importante, millones de personas en todo el mundo podrían morirse de hambre sin las exportaciones de alimentos de los EEUU.”
Recomiendo el documental “How many people can live n planet Earth”, de la BBC, conducido por David Attemborough (8).


Aún tenemos algo de margen para reconducir la situación. Las fuentes de energía fósil estarán con nosotros algunos años más. Del buen juicio en su uso depende nuestra supervivencia como sociedad desarrollada o una vuelta al siglo XVIII (o algo peor).


Referencias:




sábado, 11 de mayo de 2013

Rápido, lento



El despertador suena a las 4:50. Salto de la cama de un brinco y me doy la ducha más rápida de mi vida. No hay mucho tiempo.

Rápido, rápido.

Suena el teléfono de la habitación. Son las 4:55 y ya me he vestido. Me avisan de recepción que el taxi ya me está esperando. Cinco minutos antes de lo previsto; se ve que el taxista también tiene prisa.

Rápido, rápido.

Atravesamos las calles de Palma de Mallorca, desiertas a esas horas, a toda pastilla; el taxista va oyendo música pop, de ritmos muy vivos. Me deja en el aeropuerto poco después de las 5:10 - impresionante.

Rápido, rápido.

Voy directo al control; nunca se sabe lo que te puedes retrasar ahí y de hecho hay mucha gente, para ser la hora que es. Todo el mundo pasa apresurado. Bien, esta vez no me tengo que quitar los zapatos. Recojo todo sin dilación; el embarque empieza a las 5:45 y los pasillos del aeropuerto de Palma son largos.

Rápido, rápido.

Aún me sobran 10 minutos antes de que empiece el embarque. Un momento de calma y en seguida al avión. Despegamos a las 6:15, la hora prevista. Duración estimada del vuelo: 27 minutos. Antes de embarcar veo un anuncio: "A todos nos gusta volar". No es verdad: yo odio volar.

Rápido, rápido.

El avión aterriza 10 minutos antes de lo previsto, dice el comandante, pero mi reloj dice que son las 7:00. Algo pasa con el tiempo en los aviones: nunca tienes claro a qué se refieren cuando te dicen el tiempo de vuelo. Después, la salida: el avión va abarrotado, y toca esperar un rato antes de salir. Tengo margen: mi tren de vuelta a casa no sale hasta las 9:05.

Rápido, rápido.

Tomo el tren de cercanías a las 7:38, y poco antes de las 8:00 estoy en la estación de Barcelona Sants. Suerte de esos 10 minutos de avance que tuvo el avión; si no, llegaría a Sants media hora más tarde y no podría desayunar. Café, croissant, zumo y un precio que no tiene nada que ver con lo que me costaría en casa. Me voy hacia la zona del AVE. Veo un panel luminoso que nos informa de que hay un servicio especial de trenes para que la gente se pueda desplazar al circuito de Montmeló, donde este fin de semana se disputa un Gran Premio de Fómula 1. Todo va rápido, todo tiene que ir rápido.

Rápido, rápido.

Entro en el tren Avant. Todavía no había cogido el tren rápido de Barcelona a Figueres (o viceversa) desde los meses que hace que lo han inaugurado. Es un tren caro y la única parada en Barcelona queda lejos de mi trabajo, y la de Figueres ni siquiera está en Figueres, sino en el pueblo de al lado (Vilafant). Pero tengo que llegar a casa cuanto antes; sólo he estado un día fuera, pero hay momentos en que las horas son como días y los días como meses. Tengo que volver a casa.

Rápido, rápido.

Por fin llego a mi casa. Saludo a mi mujer y a mis hijos; son las 10 y pico de la mañana. El reloj aún manda; hay varias actividades de cada sábado que deben cumplirse, y aún el ritmo es frenético. Sin embargo, la lógica de las cosas comienza a ser más elástica: el tiempo se dilata, los compromisos se relativizan, las cosas importantes reclaman su lugar en la vida.

Lento, lento.

Subo al hospital. ¿Cómo fue la operación? Bien, bien. Algunas molestias, pero ya nos darán el alta, me dice mi suegra, mañana o si no el lunes. Mañana difícil, porque es domingo: habrá que esperar al lunes. Cinco días en el hospital, parecen una eternidad. En los tres días ya transcurridos yo he tenido tres reuniones, he impartido un curso para el Ayuntamiento de Barcelona y he ido y vuelto de Palma de Mallorca para dar una conferencia. Pero aquí el tiempo no pasa acelerado, sino que se desliza perezoso.

Lento, lento.

Ya se puede ir, le digo a mi suegra, ya me quedo yo. Los niños viven ajenos a las preocupaciones y el ajetreo de los mayores; sólo piensan en sus juegos y en sus preocupaciones infantiles: dientes que caen, lecciones en el colegio, un paso largo, dos cortos... Está bien así.

Lento, lento.

El tiempo pasa despacio, despacio. Parece que se detiene. A ratos me quedo adormilado: me doy cuenta de que he dormido menos de cuatro horas (los amigos de Palma, haciendo preguntas y más preguntas hasta la madrugada...). El tiempo pasa lento, como pasan las cosas importantes...

Lento, lento.

En una sociedad acelerada como la nuestra, todo tiene que ir deprisa porque el consumo tiene que crecer de manera exponencial para que nuestra economía prospere, para que se creen puestos de trabajo, para que la cosa tire... Ese consumo incesantemente rápido de la energía lleva a mayor disipación, mayor desgaste, menor rendimiento... es la termodinámica, no podemos escapar a ella: más potencia, menos rendimiento. Se podría decir incluso que hacemos las cosas peor por culpa de la precipitación.


A veces me pregunto si todos mis esfuerzos y desvelos merecen la pena, este ritmo vertiginoso, esa sensación de estar, como Charlot, atrapado en el engranaje de una máquina que todo tritura. Y sin embargo después vuelvo a lo importante, a lo lento, a lo que merece la pena... Sí, esto es lo que merece la pena; esto es por lo que se tiene que luchar.


Figueres, 11 de Mayo de 2013
(tiempo para la escritura de este post: 16 minutos).

viernes, 10 de mayo de 2013

Entropía versus neodarwinismo y capitalismo



Queridos lectores,

Mi último post, réplica al de Gabriel, ha dado lugar a otro ensayo, de signo diferente a los dos anteriores, escrito por Carlos de Castro. En realidad, a mi me gustaría seguir matizando algunas cosas más, pero la discusión se volvería técnica y se alejaría de los objetivos de este blog, y además tenemos un post muy interesante de Luis Cosin en la lista de pendientes. Así que con esta réplica de Carlos cierro de momento este debate, dándole a él la última palabra.

Salu2,
AMT

Termodinámica versus neodarwinismo y capitalismo


La visión “clásica” de Antonio de la entropía, es físicamente correcta, pero biológicamente es matizable y filosóficamente destila un poso pesimista que se puede dar la vuelta.
Es la visión de ver la entropía como desorden, algo que, en palabras de Maxwell, no deja de ser una interpretación subjetiva de la mente que contempla el sistema (más filosófica que física-matemática). Las ecuaciones de la entropía que maneja Antonio son las mismas que manejamos el resto de físicos, claro, el problema aparece cuando interpretamos los fenómenos y los resultados de nuestros experimentos u observaciones (algo inevitable por cierto).
Déjenme pues interpretar la ley de la entropía de otra forma perfectamente válida desde el punto de vista físico (y un poco menos subjetiva que la palabra desorden).
Existe una tendencia en el universo a dispersar la energía. O mejor, existe una tendencia en el universo a repartir o compartir la energía -vista así parece casi una ley de amor ;-) -
Otra más: Existe una tendencia a reducir los gradientes energéticos. El coyote de los dibujos animados cuando queda suspendido en el aire conserva la energía, pero tiene un gran gradiente energético que es libre de compartir e inevitablemente lo hace rápidamente con el fondo del barranco. Sin la ley de la gravedad, podríamos explicar porqué cae rápidamente…


Y aunque no se ha establecido aún como ley termodinámica universalmente reconocida, se tiende a observar que se reducen los gradientes energéticos de la forma más rápida posible (porque seguramente son los más probables estadísticamente), vamos, que el coyote nos hace reír precisamente porque se entretiene un rato antes de decidirse a quedar como un acordeón. Una bola no suele zigzaguear cuando desciende por un plano, lo hace y lo hace lo más rápidamente que puede dadas las restricciones físicas locales que se encuentra.


Por otro lado la creación de entropía en el universo es perfectamente compatible con la creación de estructuras ordenadas y complejas. Si yo preguntara a alguien (a los creacionistas y a algunos biólogos por ejemplo), ¿qué probabilidad hay de que en un mix aleatorio de átomos de sodio, y cloro, éste forme una disposición ordenada sodio-cloro-sodio-cloro etc. perfecta? Me contestarían con 1 entre 10 elevado a 23 o mucho menos. Pero en ciertas condiciones, la probabilidad es realmente del 100%. Es el problema del agua de mar cuando en una charca se evapora el agua… No hay ningún milagro, los átomos de sal han reducido su entropía pero el sistema global (agua salada) la ha aumentado con creces. Aquí viene al rescate la entropía bien aplicada, se favorece de hecho lo que sin conocimientos suficientes de física, parecería a priori un milagro. Exactamente, repito, exactamente, lo mismo pasa con los seres vivos. Hay biólogos que calculan la probabilidad de que se forme una molécula de ADN, y les da 1 entre 10 elevado a 10 elevado a 10 o qué se yo, pero eso es un cálculo erróneo. Es verdad que lo que dicen es que la selección natural se encarga de “seleccionar” esa baja probabilidad, pero lo que confunden es que no existe esa baja probabilidad cuando tienes en cuenta entre otras cosas la ley de la entropía.


En realidad, los sistemas complejos (seres vivos incluidos claro) aumentan estadísticamente mucho el número de caminos posibles para aumentar la entropía (dispersar la energía) y al hacerlo es más fácil encontrar caminos que lo hacen rápido, más rápido. Por tanto, ¡son favorecidos frente a sistemas menos complejos!
Una vez establecidos, tienden a persistir, si se quiere usar la terminología darvinista, son seleccionados automáticamente. Es el criterio de selección natural que le falta, según Arto Anila, Axel Kleidon, Dorion Sagan y otros (la mayoría físicos), a la teoría neodarwinista, para ser además una teoría científica más completa (Makarieva, otra física, dice que no es ni siquiera una teoría científica puesto que no tiene un criterio de selección y se limita a decir que son seleccionados los más aptos y los más aptos son los que son seleccionados –autorreferencia que la invalida como teoría-).
Y si los sistemas complejos tienden a persistir, los organismos no tienden por la entropía a morir, a desaparecer como dice Antonio, justo lo contrario. Las leyes de la termodinámica les favorecen, precisamente porque el Sol comparte con el universo más rápidamente su energía.


Sin embargo, lo que no explican los físicos es cómo se establece la complejidad de los organismos, sólo (que es mucho) porqué ésta es estable y permanece.
Tampoco lo hace de hecho el neodarwinismo de una forma coherente a la vez con la termodinámica. La evolución de la complejidad en los seres vivos es un caballo de batalla no resuelto en el neodarwinismo (para mí una de las observaciones que la falsean) que además ha ayudado durante ya más de un siglo a esa confusión permanente entre leyes de la termodinámica y “leyes” de la evolución (dando alas además a los esotéricos, como los creacionistas), todo por la soberbia interesada de pretender que una teoría (muy simple de hecho) es el fin de la historia, como si toda la física que inicia Galileo (Darwin) se hubiera acabado en Newton (neodarwinismo).
La única explicación popularizada del aumento de complejidad desde el neodarwinismo la dio Gould con su analogía del borracho: este camina aleatoriamente (mito de las mutaciones del neodarwinismo) y si medimos su distancia a una farola (medida de complejidad) es lógico que con el tiempo nos encontremos con que está alejado de la misma. En física estadística esto se describe matemáticamente por un proceso difusivo, que resumiendo, implica que la distancia aumentaría continuamente en promedio (complejidad) como la raíz cuadrada del tiempo. Pero eso no es lo que se observa en la evolución de los organismos a gran escala (difícil de cuantificar). Las bacterias reinaron durante más de 2000 millones de años solitas), las primeas eucariotas tardaron en aparecer ese tiempo. Luego, bastaron sólo 500 millones de años para encontrarnos con pluricelulares y de estos a los termiteros o al guepardo unos pocos cientos. La complejidad de los organismos se acelera de forma exponencial en la Tierra, lo que es contradictorio con el neodarwinismo del borracho de Gould pero no con la termodinámica.


Hablando de termodinámica y de sistemas complejos alejados del equilibrio termodinámico: tuve el privilegio de cartearme hace muchos años con Ilya Prigogine; él establecía en sus escritos, que estos sistemas, todos, tendían a tener flujos de información, materia y energía (de modificación) entre las funciones de un sistema (microestructura), la estructura de un sistema y las fluctuaciones que lo hacían cambiar, y ponía ejemplos desde las células de Bénard hasta la evolución de la cultura humana. Es decir, que la función modificaba la estructura y a la inversa, además, las fluctuaciones influían y eran influidas por las funciones y la estructura, es decir, abundaban las realimentaciones en todos los sentidos. Yo le escribí que ese esquema no me parecía aplicable a los organismos vistos desde el neodarwinismo, ya que a escala del genotipo y del fenotipo equivalía a admitir la necesidad de algún mecanismo tipo neolamarckista (el fenotipo –la estructura- determina el genotipo –la microestructura o función-). Y puesto que los organismos eran de hecho un paradigma de sistemas complejos alejados del equilibrio termodinámico, me parecía que el neodarwinismo requería más complejidad explicativa (nuevas o mejores leyes) o que era contradictorio con el desarrollo de su/la termodinámica. Su contestación fue paradigmática también: le pareció razonable todo lo que yo le contaba, pero dado que no era experto en biología, no se atrevía a mojarse, aunque me invitaba a que siguiera explorando ese camino (lo he hecho durante más de 15 años para chocar una y otra vez con la fe no de los creacionistas sino de los neodarwinistas).


Por otro lado, la obsesión neodarwinista por la competencia (que permea el lenguaje político, social, y económico en una realimentación buscada por los poderes correspondientes), a pesar de ser contestada ya hace más de un siglo por Kroptokin (que tuvo la “desgracia” de ser ruso y anarquista y por tanto, la realimentación aquí fue negativa), es también absurda desde el punto de vista, de nuevo, de la complejidad de estos sistemas y de sus típicas interacciones. Si se piensa, la competencia es la relación más simple que pueden tener dos sistemas que buscan reducir un gradiente energético (un recurso). Uno lo hace, el otro muere o es excluido. En cambio la cooperación, o coordinación, debe ser favorecida por la evolución, porque es más compleja (leyes de la termodinámica) ya que obliga a mantener la relación a los dos sistemas y a que esta sea más sutil. Es más simple correr cien metros lisos en una pista que jugar un partido de fútbol, donde te coordinas con otros diez. Y es más fácil el fútbol (donde un equipo compite con otro) que coordinar a los trabajadores de una fábrica… La competencia es una regla secundaría no favorecida por las leyes de la termodinámica porque no genera sistemas más complejos y estables, sino lo contrario.


En definitiva, desde la idea de que la energía tiende a compartirse lo más rápidamente con el universo y las leyes de los sistemas complejos alejados del equilibrio, se extrae:
  1. No solo somos bichos raros en el universo, sino que la complejidad y la vida son favorecidas por las leyes físicas. El ser humano podría permanecer y evolucionar, ser sostenible.
  2. Estas leyes requieren, como mínimo, una ampliación de la visión darvinista o mejor aún rechazarla, en especial porque ninguna teoría es La Verdad, y esta teoría está ayudando de hecho, a cosificar la naturaleza y los seres humanos y a mantener a un capitalismo salvaje (neoliberal) e insostenible (menudo gol nos están colando desde hace siglo y medio del que somos inconscientes pero que es uno de los mitos más poderosos que mantiene precisamente el sistema que muchos queremos cambiar –incluidos ecólogos y biólogos- e impide además una transición civilizatoria menos traumática; pero esto para otro post).


El capitalismo es de hecho insostenible intrínsecamente porque, entre otras cosas, favorece reglas competitivas, simples, no favorecidas por las leyes de la entropía y la termodinámica. Es un mito que el ser humano aumente la entropía que se genera en la Tierra, al revés, ahora la Tierra aumenta la entropía menos rápido que antes de la era Kropotkin por culpa del ser humano, tendencia que no es estable, que es insostenible.


Y si mezclamos a Dios en todo esto. ¿Cómo es posible que un creyente en un dios no se dé cuenta de que las leyes, pretendidamente creadas por él, las del neodarwinismo, son incompatibles con su supuesta bondad, y que su imitación humana –el capitalismo- debería ser repudiado por su dios benevolente?
Dijo un tal John D. Rockefeller: “El crecimiento de un gran negocio no es más que la supervivencia del más capacitado… solo es la manifestación de una ley de la naturaleza y una ley de Dios”. Y así nos va.


Más información: aerlin.bubok.com (teoría Gaia orgánica), también “El Origen de Gaia” de la editorial Abecedario.


PD: Considero que hay muchos biólogos y ecólogos inteligentes y honrados que a la vez creen en el neodarwinismo, mis palabras no pretenden ser ofensivas, sólo un acicate a su pensamiento. Si alguien usara a Newton para establecer leyes humanas injustas, lo denunciaría por ello, pero además, negaría a Newton, ¡porque Newton estaba también equivocado!