lunes, 17 de junio de 2013

Un futuro sin más (I): La huida



[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

- Gracias; estábamos sedientos - dijo Jan al tabernero

Éste se le quedó mirando un rato, suspicaz, y al cabo dijo:

- Muy pulidas me parecen esas formas. ¿No serás uno de ellos?

Jan enfureció; dió un golpe con la jarra de cerveza a la mesa y rugió:

- ¡Me cago en la puta! ¿No se puede ser un poco educado en este mundo, para variar?

El tabernero retrocedió un poco. Obviamente, no se esperaba esta reacción. Jan lo había hecho muy bien: era un tipo inteligente y en los dos meses que habían pasado desde que se inició la persecución había aprendido rápido. El tabernero ya se iba, mascullando para sus adentros, cuando se fijó en el joven que acompañaba a Jan.

- ¿Y este pimpollo, de dónde ha salido? ¿Qué tienes, chaval, 20 añitos? ¿18?

En realidad David tenía 25 años, pero su aspecto aniñado, barbilampiño e inseguro le hacían parecer bastante más joven. David se aclaró la garganta para responder, pero Jan se le anticipó:

- Tiene 20 años; es mi sobrino, el hijo de mi hermana, que me le ha confiado para que haga de él un hombre. ¿Algún problema?

El tabernero se rascó el cogote, frotó su manazas en el sucio delantal y se marchó despacio, mascullando un "nada, nada...". Cuando estuvo a una distancia prudencial David por fin acertó a decir un "Gracias" dirigido a Jan con el aire de la respiración hasta entonces contenida.

Jan no miraba a David, sino al tabernero y al tiempo lanzaba fugaces miradas alrededor. La taberna estaba prácticamente vacía a aquellas horas de la tarde. Lejos quedaban los días de esplendor que sin duda el local había conocido. Lejos, sí. Lejos quizá como dos o tres meses, pero en la situación actual los días eran como meses y los meses como décadas. Al final, siempre sin mirar a David, Jan habló con voz baja y pausada:

- Si no aprendes a controlar tu miedo nos atraparán, a ti y a mi, y aún podremos dar gracias si simplemente nos matan de una manera rápida. Tenlo muy presente.

- Lo tengo presente, señor - dijo David, cabizbajo.

- ¡No me llames señor! - el tono de Jan era imperioso, a pesar de hablar tan bajo. Prosiguió - llámame Tío Jan o simplemente Jan. Soy Jan López Merchán, y tú David Gutiérrez López. Que no se te olvide.

- No lo olvidaré, señ... ¡Jan! - se autocorrigió David.

Jan no podía culparle. Después de varios años trabajando juntos - tres o cuatro, pensó - se adquirían ciertos automatismos que no era tan fácil de borrar en sólos dos meses. Dos meses de horror y barbarie, siempre huyendo, yendo a trompicones en zig zag hacia la frontera, la frontera que sería su salvación, a sólo ya unos pocos kilómetros. "La frontera que separa la barbarie de este país que se hunde en su miseria de otro país, uno de los pocos reductos de civilización que aún queda".

Jan miró entonces a su protegido. David era un chico inteligente, algo retraído pero con muchas posibilidades. Podría haberle dejado atrás el día del asalto; de hecho, debería haberle dejado atrás. A fin de cuentas David no era nadie, no era una persona conocida; sus perseguidores iban por Jan, solamente por su notoriedad. Era la foto de Jan la que fue distribuida masivamente por la capital de la que tuvieron que escapar de noche, corriendo por las alcantarillas. Seguramente a David no le hubieran hecho nada, pero David no las tenía todas consigo y Jan se apiadó de él. La verdad es que el chaval no hubiera durado ni dos minutos en manos de aquellos energúmenos. Jan, sin embargo, era de otra pasta. Había conocido muchas penalidades cuando fue joven, y sólo ya en su madurez pudo disfrutar de los frutos de tanto esfuerzo.

"Concéntrate, Jan", pensó. Tenía que concentrarse en el paso de la frontera. Hacía años que no había estado en esta zona, aunque la conocía bastante bien. Le había tocado hacer la mili en un cuartel cercano y los días de permiso se los pasaban haciendo el idiota en los pueblos de la costa, e incluso alguna vez cruzando la frontera para chapurrear el idioma del país vecino. Años después, ya con un trabajo digno de tal nombre, Jan había veraneado alguna vez en esas comarcas llenas de preciosos parajes naturales y de demasiados turistas. La masificación le agobiaba, pero al mismo tiempo le gustaba porque en la masa su soledad de hombre con cierto éxito en la vida pero sin compañía pasaba desapercibida.

En fin, fuera como fuera la frontera estaba cerca. La carretera, ahora desierta de coches, había albergado en sus buenos días un tráfico insoportable. Aún hoy en día era un punto de intercambio frecuente de mercancías. Sin embargo, pasar por ahí era arriesgado: los guardas de frontera podrían reconocerle, a pesar de la tupida barba, a pesar de no llevar las gafas, a pesar del aspecto desaliñado de temporero por horas. No podía arriesgarse a que le cogieran. Era mejor pasar por el caminito que había un par de kilómetros más al este de la carretera principal. Una carretera serpenteante, zigzagueante, que antes, cuando el petróleo sobraba, se hubiera considerado una "ruta pintoresca" y ahora se veía como una pérdida de tiempo. Pero lo que poca gente sabía es que un par de kilómetros después de coger esa carretera se abría a su izquierda un pequeño sendero, impracticable para coches y carretas pero transitable a pie, que descendía rápidamente hacia la frontera. En unos pocos centenares de metros se encontrarían en territorio que si bien quizá no sería amigo al menos no sería enemigo. Desde ahí, en un kilómetro o así llegarían al primer pueblo del otro lado de la frontera y escaparían de esta barbarie.

Jan pagó al suspicaz tabernero y salieron fuera. Quedaba poco más de una hora para el atardecer, cuando los valles se vuelven umbríos pero aún puedes ver por donde caminas. Desde donde estaban podrían ganar la frontera caminando en menos de una hora. No era difícil pero sí arriesgado. Dedicaron unos minutos a vagar sin demasiado sentido, deteniéndose a mirar los tablones de anuncios, como si buscaran trabajo. Trabajo, ¿de qué?, si esto era un erial. Quizá la falta de futuro y de perspectivas era lo que había llevado a la barbarie. La barbarie... ¿Cómo había comenzado todo?

Jan recordaba. Llevaban ya 7 años de crisis económica implacable, y nadie era capaz de proponer ninguna solución. El Parlamento se había fragmentado en mil pequeños partidos y si ya antes era incapaz de tomar decisiones, entonces se volvió completamente inoperante. Los escándalos de corrupción eran continuos y salpicaban a las altas magistraturas del Estado; llegó un momento en que todos los partidos políticos estaban implicados en algún escándalo: los partidos grandes en escándalos grandes y los partidos pequeños en escándalos pequeños. En la calle el sentimiento de indignación crecía y crecía, y cada vez eran más frecuentes los choques violentos con la policía en plena calle.

Entonces empezaron a aparecer los primeros grupos de acción directa contra los políticos. Al principio eran sólo pintadas y vidrios rotos, pero poco después se rompían huesos y hasta vidas. El grupo reivindicativo "Corrupción cero" o CC, con una ideología ecléctica construida de muchos retales ideológicos, fue ganando popularidad, que crecía a medida que iban encarcelando a algunos de sus miembros más violentos. La declaración de CC como asociación de malhechores no hizo más que hacer crecer su aura de protectores del pueblo, y su popularidad se hizo aún mayor cuando, en un golpe de efecto, comenzaron a desvalijar casas de políticos más o menos corruptos para repartir después el botín entre los pobres. Muchos miembros de CC fueron detenidos, pero eran reemplazados por un mucho mayor número de nuevos integrantes. En los meses previos a las últimas elecciones se constituyó un nuevo partido político, "Ciudadanos contra la corrupción" (CCC), al cual CC dio su apoyo explícito. Este hecho, junto con la similitud de las siglas y del ideario político llevo al Ministerio de Justicia a declarar ilegal CCC, al considerarlo "parte del entramado de CC". A pesar de que la Junta Electoral Central no imprimió ninguna papeleta del CCC éstas, impresas y distribuidas de manera clandestina, inundaron las urnas: según la JEC el 40% de los votos emitidos fueron nulos. A la vista de los resultados, anunciados la misma noche de los comicios, la multitud enardecida saltó a las calles gritando: "Queremos democracia". A las 11 de noche el líder de CCC apareció en el balcón de su improvisada sede electoral, y lo hizo de la mano del líder CC. Fue este último el que se dirigió a la muchedumbre: "Aquí estoy. He abandonado la clandestinidad para deciros que la voz del pueblo no se puede callar. Hoy el pueblo ha dado la mayoría a CCC; esos 40% de votos nulos son en realidad 60% si contamos los votos que dicen que han sido en blanco y los que se callan. No podemos permitir que los corruptos de siempre nos sigan robando; nos roban el dinero, nos roban el futuro y ahora nos quieren robar estas elecciones. ¡No lo permitamos! ¡Marchemos hacia el Palacio Presidencial!"

Algún día los libros de Historia analizarán lo que pasó en aquellas horas, pensaba Jan, pero lo que quedó claro es que CC ejecutó con maestría un plan trazado con mucha anticipación. En realidad el apoyo a CCC, aunque considerable, no superaría el 20 o el 25%, puesto que ciertamente una gran parte del voto nulo era voto de protesta pero los partidarios de CCC no eran tan numerosos. La multitud que se congregó aquella noche en la capital había venido en autobuses desde puntos distantes de la geografía para que la escenificación de la toma del poder fuera más completa. Además, CC tenía mucho apoyo entre los policías y los militares, con lo que no les costó demasiado conseguir que quienes estaban de servicio aquella incómoda noche fueran de los suyos. El caso es que la marcha hacia el Palacio Presidencial fue un paseo triunfal y con el líder del CC a la cabeza la multitud tomó sin resistencia el Palacio justo a medianoche. Aquella misma noche el Presidente, los líderes de los otros partidos democráticos y una buena parte de los diputados fueron ejecutados por las fuerzas revolucionarias del CC. A pesar de algunos conatos de resistencia en ciudades lejanas a la capital al amanecer del día siguiente quedó claro que todo el país se sometía al dictado de CC. Se convocó de urgencia un Parlamento de Electos que sólo contó con miembros de CC; éste modificó en una semana un centenar de leyes fundamentales y proclamó, sin tener atribuciones para ello, una nueva Constitución que entre otras cosas eliminaba el Parlamento "por ser un foco de corrupción, intercambio de prebendas, costoso e inútil". El domingo por la tarde los diputados electos y constituyentes entonaron el himno nacional, reescrito para la ocasión, y abandonaron ordenadamente el Parlamento, que fue clausurado. El nuevo Presidente plenipotenciario comenzó a promulgar sus nuevos decretos. La democracia en este país había llegado a su fin.

Jan pensaba en todo eso mientras caminaban haciéndose los despistados hacia la vieja carretera que les llevaría hacia el otro lado, hacia un país donde aún sabían qué quería decir la palabra democracia. Mientras recordaba aquellos días oscuros Jan no podía evitar esbozar una sonrisa irónica. Mucha gente saludó el nacimiento del nuevo régimen como una esperanza de regeneración, o así lo pusieron en los diarios, y así lo siguieron diciendo muchos de ellos -"una esperanza de regeneración"- hasta el día antes de ser clausurados por decreto presidencial. 


Lo cierto es que el país se había sumido en una dictadura que en poco tiempo demostró ser feroz e implacable. Todas las personas que habían detentado cargos políticos en los años anteriores fueron forzadas a trabajar en "campos de reeducación" donde "devolverían con su sudor todo lo que habían robado o despilfarrado". Los tiempos de estancia en los campos dependían de la importancia y la duración de las responsabilidades que hubieran ejercido, según unas tablas que el Presidente hizo distribuir entre la población. Típicamente quien tenía para más de un año de trabajos forzados no volvía con vida de los campos de reeducación, y los que volvían explicaban verdaderos horrores. Con todos esos trabajadores forzados el Estado intentaba recuperar el esplendor perdido durante los años de crisis económica, ahora que la energía del petróleo y del uranio comenzaba a escasear en los mercados internacionales.

La sombra de la ladera de la montaña se alargaba y ya cubría las últimas casas del pueblo, y prácticamente no había nadie en la calle; tres o cuatro kilómetros más y estarían a salvo. A salvo de la barbarie, de la atrocidad. En su día Jan vio venir lo que les esperaba. "Cualquier recurso renovable explotado de manera no sostenible se convierte en no renovable", una frase que había leído hacía tiempo y que le gustaba repetir. Cualquier recurso renovable. Incluso los seres humanos, se lamentó. Pues el nuevo Estado se había vuelto adicto a la energía muscular humana, y cuando los nuevos esclavos "reeducados" escasearon comenzó una auténtica caza de brujas. Primero fueron a por los políticos, sí; pero después siguieron los banqueros, los notarios, los altos funcionarios...

- ¡Eh! ¿David? ¿David Ros? ¿Eres tú? ¡Soy yo, Felipe Colina!

Jan se quedó helado. Un jovenzuelo del grupo de cuatro o cinco que había junto a la última casa se había acercado y se había parado delante de su pupilo.

- Ehhh.... Hola, Felipe, ¿qué tal? - acertó a decir torpemente David.

Jan rodeó lentamente a los dos muchachos pasando por detrás de David, avanzando discretamente en dirección a la carretera que les tenía que llevar a la salvación. "Tan cerca, tan cerca... por Dios, David, no te distraigas y despacha rápidamente a éste", pensó.

- Te hacía por la capital. ¿Qué haces por aquí? Yo he venido a la frontera a buscar trabajo: está la cosa muy mal, y en casa hay que comer - le dijo Felipe.

- Sí, bueno, yo un poco igual. Cuánto tiempo, Felipe - le dijo David.

- Bah, tampoco tanto; ¿que será, tres años? Cuando acabaste la carrera; me dijeron que con muy buenas notas, no como yo, pero tú siempre fuiste un coquito. Te fuiste a la capital a empezar una tesis, ¿no? ¿Qué pasó? ¿No estabas con aquel científico tan famoso? ¡Vaya cabrón!, ¿no? - dijo Felipe con un gesto de fastidio

Quizá fue la casualidad la que quiso que la mirada de animal acosado en los ojos huraños de Jan se cruzase con la de los ojos de aquel muchacho, o quizá simplemente el chico recordó el nombre del director de tesis de David y evocó en su memoria uno de los muchos carteles con su rostro. El caso es que de golpe se dio cuenta:

- ¡Es Jan Palermo! ¡Chicos, es Jan Palermo, aquel científico cabrón de la capital!

Jan cogió con fuerza a un perplejo David por el brazo y le gritó: ¡corre! Afortunadamente los amigos de Felipe, algo retirados de la escena, estaban hablando de sus cosas cuando éste reconoció al científico y al principio no entendieron qué les decía su amigo; pero pocos segundos más tarde los cinco muchachos se lanzaron a la caza del profesor y de la suculenta recompensa que sin duda les daría.

Jan Palermo. Profesor universitarioy director de uno de los centros de investigación ambiental y energética más importantes del país. Convertido en enemigo público número uno cuando el país se quedó sin otros enemigos con los que justificarse su mediocridad, su incapacidad para "recuperar la senda del crecimiento".

Jan recordaba, en aquellos segundos de carrera precipitada, cómo había huido de la capital. Hacía meses que la prensa alentaba una campaña de desprestigio contra los científicos corruptos que se inventaban resultados para favorecer sus prebendas económicas. Un mes antes de su huída había visto un "reportaje de investigación" en un diario antes serio en el que comparaban el presupuesto acumulado gastado en investigación sobre cambio climático durante los últimos diez años con los daños causados por el cambio climático en ese mismo período (daños calculados de una forma muy peculiar: sólo de "eventos extremos claramente anómalos"). La conclusión: los científicos se estaban llenando los bolsillos inoculando un miedo a un peligro inexistente. El reportaje causó un gran escándalo y los catedráticos e investigadores en ciencias ambientales se vieron obligados a dimitir de sus puestos, con gran escarnio público, y a pasar una temporada en los campos de reeducación. Aquel día Jan comprendió que no pasaría mucho tiempo antes de que vinieran por él, si alguien no paraba esa locura antes.

Los muchachos estaban cada vez más cerca, a pesar de que tanto Jan como David estaban en buena forma y corrían por sus vidas. De vez en cuando alguna piedra pasaba rodando cerca de sus pies. "Mientras usen sólo esos proyectiles...", pensó Jan. Notó que había cierto revuelo en el pueblo, varios cientos de metros más allá, e incluso le pareció divisar de reojo la silueta de una escopeta entre la segunda jauría humana que se había formado. Entonces vio la curva. De aquella curva salía a la izquierda  el caminito de tierra que les llevaría a la salvación, más allá de esta barbarie. El caminito debería estar ahí mismo, ya casi habían llegado. Dios mío, sólo hacía diez años, un camino así no desaparece en diez años, vamos, vamos, vamos. Llegó al pretil y ahí estaba el anhelado camino; entró en él de un salto, seguido por David. Aún podían conseguirlo...

¿Qué hubiera podido hacer para evitar esta situación? Y eso que dos meses antes se había preparado en serio para la eventualidad. Había sacado discretamente una cantidad significativa de dinero del banco, aunque no más del 10% de sus ahorros, para no poner sobre aviso a los que seguramente ya entonces le estaban vigilando. Una parte en dinero, otra en objetos de valor de poco volumen y fáciles de vender. Llevaba a todas partes una mochila con algo de ropa y ese dinero por si tenía que salir corriendo en cualquier momento. Dormía debajo de su cama por si asaltaban de noche su casa. Vivía en un estado de máxima tensión.

El día de su huida un influyente diario publicó un dossier explicando que su instituto no sólo había derrochado dinero sino que además habían obstaculizado desarrollos fundamentales como los dispositivos de energía libre de Tesla. Ilustraban la noticia con varios testimonios. El que más le dolió fue el de su compañero Enrique Pouzas,investigador de su centro pero antes que eso su amigo de muchos años. El doctor Pouzas aseguraba que algunos investigadores habían hecho informes negativos e incluso destruido prototipos factibles de generadores de Tesla "siguiendo el dictado de las grandes compañías petroleras", y daba nombres. Acusaba a cinco o seis investigadores en todo el país, pero afortunadamente no involucraba a Jan, al cual incluso exculpaba.  ¿Por qué Enrique habría dicho tamañas tonterías e invenciones? Los pulmones de Jan le explotaban del esfuerzo; llegaban ya a las primeras casas, pero sus perseguidores no cejaban. ¿Por qué lo hizo Enrique Pouzas? Seguramente por miedo. Pocas cosas hay tan poderosas como el miedo. En todo caso no le sirvió de nada su testimonio, a Pouzas: hacía un par de días había leído en un periódico local que el corrupto científico Enrique Pouzas había muerto intentando escapar de un campo de reeducación.

Recordaba. Recordaba como caminaba leyendo las falsas noticias sobre la corrupción en el centro que dirigía, rojo de ira, mientras subía cada vez más lentamente por el promontorio que llevaba a su centro. Se paró a unos 200 metros. Desde lo alto de la colina donde se encontraba podía divisar decenas de personas entrando a saquear su centro; una jauría humana similar a la que ahora le pisaba los talones, que arrojaba papeles por las ventanas, prendía fuego al edificio y sacaba a empellones a sus pobres colegas. Jan tenía la mochila al hombro, así que no le restaba más que hacer allá,  y se dio media vuelta, topándose de bruces con David, con el mismo David que, acalorado, corría  a su lado por las calles de aquel pueblo donde cada vez más curiosos salían a contemplar aquella cacería humana. La cara de David aquel día también era de súplica; señor profesor, lo han destrozado todo, yo he podido huir por poco, tenemos que escapar... Y Jan se apiadó de él y lo llevó consigo. Si le hubiera abandonado allá mismo aquel día no habría habido un Felipe Colina que  hubiera reconocido a David Ros y después a Jan Palermo, y no se verían como se veían en aquel momento, tan cerca y a la vez tan lejos de su meta.

La cacería llegaba a su fin; sus perseguidores estaban a punto de darles caza. Quizá David podía correr más rápido que Jan, pero por lealtad o por no saber qué hacer sin el profesor seguía corriendo a su lado. Se dio cuenta de que unos de los muchachos había sacado un cuchillo; en unos segundos le daría un golpe no fatal pero suficiente para acabar con esa alocada carrera.

Un tiro sonó en el aire, y tanto perseguidores como perseguidos se pararon en seco. En aquellos días no era tan habitual oír disparos; las balas, como todo lo demás, hacía tiempo que escaseaban. Bueno, escaseaban al otro lado de la frontera, en el reino de la barbarie, en el país donde se caza a los científicos por negarle al pueblo sueños absurdos de recursos infinitos.

El gendarme bajó el cañón de su arma y apuntó hacia los perseguidores.

- No estáis ya en vuestro país.  Volved por dónde habéis venido si no queréis hacerlo en una caja de pino - les gritó en su idioma.

- ¡Son científicos! ¡Son criminales! - gritó Felipe Colina, y los otros le jalearon.

- Y ahora son un asunto de nuestra República. Como he dicho, volveos por donde habéis venido, si no queréis cobrar la recompensa en plomo en vez de en plata.

Los muchachos dudaron un par de segundos, tras los cuales se dieron la vuelta, lamentando su mala suerte. Un poco más tarde bromeaban entre ellos, elaborando la anécdota que explicarían aquella noche a sus amigos, de cómo casi habían capturado al pérfido Jan Palermo, el destructor de la energía libre. Ya casi no se distinguían las voces de los muchachos ni los jadeos de Jan, cuando éste se dirigió al gendarme, estrechándole la mano:

- Soy Jan Palermo, profesor de sistemas energéticos, y éste es mi ayudante David Ros - le dijo en su idioma al gendarme, quien le estrechó la mano con fuerza - gracias por salvarnos de esos bárbaros.

- Profesor Palermo, es Vd. famoso - el gendarme sonreía y le estrechaba fuerte la mano, muy fuerte - Sí, son unos bárbaros. No como nosotros, gente civilizada - le dijo mientras cerraba las esposas en torno a su muñeca y dos gendarmes más rodeaban a David. El gendarme sonrió debajo de su amplio mostacho negro y guiñándole un ojo le dijo: - Aquí tendrá Vd. un juicio justo.

Jan Palermo exhaló, aún jadeante, un profundo suspiro de derrota.

Antonio Turiel
Figueres, Junio de 2013

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