miércoles, 11 de octubre de 2017

Saliendo de cuentas




Queridos lectores,

Hubiera preferido no volver a hablar del conflicto que se vive en Cataluña durante una larga temporada, pero el devenir y acumularse de los acontecimientos, y la importancia que tienen para mi vida futura, me mueve a hablar una vez más de uno de los temas que se están volviendo más recurrentes en este blog. Blog, que, no olvidemos, está dedicado al análisis de la crisis económica y social que genera la progresiva escasez de recursos naturales, y principalmente de energía. Pero como justamente una de las cuestiones principales asociadas a la crisis energética es el colapso de las sociedades industriales, y como parece que el problema catalán será la forma concreta que ese colapso tomará cuerpo en España, parece lógico volver una vez más a lo mismo.

Como digo, el tema de Cataluña ha sido abordado en repetidas ocasiones aquí, la última vez hace unas tres semanas en el post "Modelo para recortar/model per retallar" (en el cual podrán encontrar enlaces a los posts anteriores). A mi me da cierto reparo hablar de temas que se alejan del dominio de las ciencias naturales por varios motivos. En primer lugar, porque mi opinión no es más cualificada que las de la de cualquier otro en estos temas y en todo caso lo será mucho menos que la de verdaderos expertos en estas materias. En segundo lugar, porque por más que intente hacer un ejercicio de autocrítica e introspección, es inevitable la presencia de ciertos sesgos en mis opiniones, los cuales restarán sin duda objetividad a mis afirmaciones. Y en tercer lugar, porque al tocar tan de cerca estos temas a puntos sensibles para algunos lectores, éstos podrían enfadarse por ciertas afirmaciones que yo pueda hacer y ocasionar que todo lo que se cuenta en este blog caiga en descrédito a sus ojos, incluso los análisis más técnicos y objetivados. Sin embargo, como observo una degradación de los argumentos que se usan desde los dos bandos más claramente identificados, creo que hacer algunas reflexiones, aunque imperfectas y seguramente sesgadas, puede tener su utilidad, no perdiendo de vista las limitaciones que tienen (que a mi modo de ver son menores que algunas de las cosas que escucho).

Comencemos por una breve glosa de qué es lo que ha pasado desde mi último post (de hace tres semanas, recuerdo).

Después de que el Govern de la Generalitat estuviese jugando al gato y al ratón con las fuerzas de seguridad españolas (Policía Nacional y Guardia Civil), escondiendo urnas y papeletas para que no fueran requisadas, y tras múltiples amenazas, registros y allanamientos, el 1 de octubre la mayoría de los colegios electorales abrieron para que la gente pudiera votar en el referéndum de autodeterminación al cual el Govern de la Generalitat había llamado a los ciudadanos. Un referéndum sin las garantías adecuadas y con muchas irregularidades, un referéndum que el Gobierno de España ya había descalificado por su falta de legalidad. Y a pesar de eso cientos de miles de ciudadanos acudieron a votar, en lo que podría tomarse por un ejercicio de una protesta contra un estado de cosas. La mayoría de los ciudadanos que fueron a votar pensaban que la policía del estado, desplegada días antes específicamente con el fin de evitar este referéndum, no osaría atacar a los centenares de personas que se agolpaban en los colegios electorales y que al ver el gentío desistirían de causar daños mayores. Se equivocaron por completo: las imágenes del salvajismo policial, las cargas indiscriminadas, el apalizamiento de ciudadanos corrientes que sólo resistían pacíficamente el embate, dieron la vuelta al mundo y no proyectaron una imagen muy positiva de la gestión española de la crisis secesionista. Al final, sólo una pequeña fracción de urnas fueron intervenidas, la gente se reorganizó para fortalecer la defensa de los colegios, y por fortuna en un momento dado alguien ordenó detener la represión, pero el daño ya estaba hecho. De acuerdo con los datos de la Generalitat votó en aquel referéndum alrededor del 43% del censo electoral, con una mayoría abrumadora de síes. A los dos días, una jornada de huelga paralizó Cataluña y se vieron impresionantes manifestaciones en contra de la represión policial en toda Cataluña (ver la imagen que abre el post). Durante los días siguientes continuó la actividad judicial contra todo el entramado secesionista pero hubo dos importantes novedades. La primera, el acoso a los policías alojados en diversos hoteles para que los abandonaran; y el pasado domingo, una gran manifestación en favor de la unidad de España y en contra de la secesión recorrió el centro de Barcelona. El último jalón (hasta ahora) de esta singladura fue la declaración hecha ayer por el President de la Generalitat en el Parlament de Catalunya, anunciando la proclamación de la república de Catalunya y acto seguido suspendiendo la independencia durante unas semanas para dar tiempo al estado español a negociar con la Generalitat "de tú a tú". Mientras esto escribo se anticipa que el Gobierno de España pondrá en marcha el procedimiento para anular la proclamación suspendida, lo cual probablemente sería respondida por la Generalitat con la finalización de esa suspensión y proclamación efectiva de la república, lo que nos llevaría a un estado práctico de guerra (no necesariamente de alta intensidad).

Como pueden ver, un embrollo de dimensiones ciclópeas y consecuencias imprevisibles pero cada vez más probablemente funestas.

Como comenté más arriba, en la discusión de este conflicto asistimos a una confusión generalizada por la lasitud con la que se emplean los términos y por muchas ocultaciones interesadas. No nos engañemos, todos los actores implicados mienten en mayor o menor medida, y la gente repite argumentos mal fundados a los que se oponen otros iguales o peores, llevando a la incomprensión y al inconsistencia de todo lo que se dice, haciendo imposible un acuerdo porque todo el mundo ha renunciado a transitar por tierra firme y camina sobre arenas movedizas. Como antes dije, yo no soy experto en estos temas y por ello quizá alguna de las cosas que ahora diré no es correcta por mi falta de conocimiento; si es el caso por ello pido perdón. Únicamente espero aportar a centrar el debate en las ideas y abandonar ciertos esencialismos bastante poco útiles para progresar.

Una de las discusiones repetidas es sobre qué significa democracia. He visto repetidas veces estos días que democracia es votar, y que por definición votar es democrático. A partir de ese punto la gente se suele internar en un fangal inconmensurable sobre quién tiene derecho a votar qué y sobre cuáles son los límites de lo que se puede votar. Dado que éste es uno de los puntos básicos me gustaría empezar por aquí.

Por definición, democracia es un sistema político (es decir, de organización social) que defiende que el poder, todo el poder, emana del pueblo. Para conocer la opinión de este pueblo se debe votar, y la elección de los representantes del pueblo debe suceder en comicios transparentes, pero votar no es la democracia sino su síntoma. Democracia significa que sólo se reconoce el poder que emana del pueblo.

¿Y qué es el pueblo? El pueblo, las gentes, es un concepto del tipo primer principio, es decir, es una abstracción que no se puede definir a partir de otros conceptos anteriores. Es un punto de partida, una verdad que aceptamos convencionalmente porque no podemos definirla a partir de cosas más básicas. De manera genérica y un tanto vaga, para poder hacer algo útil pero como definición muy imprecisa, un pueblo es un conjunto de personas que habitan un determinado territorio, que se reconocen a sí mismas como comunidad, con un deseo de convivir juntas y regirse por unas reglas comunes que ellos mismos definen y se otorgan. No es por tanto casual la mención repetida en el preámbulo de la Constitución española al pueblo español: es del pueblo español que emana todo el poder, la soberanía.

Un pueblo soberano se define no tan sólo por sí mismo sino también por el reconocimiento de otros pueblos soberanos, otros pueblos que se reconocen a sí mismos y que reconocen al otro como un igual. No siempre es así: a veces el pueblo A somete o simplemente contiene al pueblo B, tal como lo entiende el pueblo B; por supuesto el pueblo A no reconoce la existencia del pueblo B, sino que dice que el pueblo A tiene todo el derecho al territorio y la población reclamados por el pueblo B como parte del pueblo A. El reconocimiento internacional es por tanto una herramienta muy importante para asegurar la soberanía de los pueblos.

En el conflicto catalán, desde el Estado español se invoca repetidamente como único marco de discusión la legalidad española, es decir, la que emana de la Constitución española, en la cual sólo se reconoce al pueblo español como único sujeto político de derecho. Sin embargo, los secesionistas justamente están poniendo en cuestión esa unidad del sujeto político, afirmando que hay otro sujeto, el pueblo catalán. Dado que cuestiona el fundamento mismo de la Constitución española, la reclamación independentista ha de contradecir forzosamente la legalidad española y por tanto queda necesariamente fuera completamente de ese marco. A pesar de que la Constitución española contempla mecanismos para su propia reforma y eventualmente una reforma constitucional podría aceptar el derecho de autodeterminación de Cataluña, tal cosa sería siempre una concesión del pueblo español (o sus representantes), concesión que bien podría hacer pero que más bien no hará porque no le reportaría ninguna ventaja. Así pues, es inane insistir en que la única vía a la independencia de Cataluña es la reforma constitucional española, porque tal aproximación se basa en la negación del pueblo catalán como sujeto de derecho y soberanía.

Como ya he repetido en otras ocasiones, el problema aquí no es de legalidad, sino de legitimidad. Eso no quiere decir que la legalidad no valga para nada, y que cualquier cosa es válida y se pueden hacer todas las aberraciones posibles. No se contradice el principio de legalidad, sino que se cuestiona cuál es la legalidad que se debe aplicar, si la que emana de un pueblo soberano o la de otro.  ¿Es el pueblo catalán un sujeto legítimo de derecho? De nuevo volvemos al concepto de pueblo, y partiendo de la resbaladiza y difusa definición que he dado arriba, el pueblo catalán debería, como mínimo, reconocerse a si mismo como tal, y como algo diferente del pueblo español. ¿Pasa tal cosa? ¿Los catalanes creen que son - o quieren ser - algo diferente al pueblo español? La única manera de resolver esa duda sería preguntándoles, es decir, haciendo un referéndum. De hecho, un verdadero demócrata español debería ser exactamente eso lo que debería querer, puesto que un pueblo es aquel que decide soberanamente convivir y fijar unas reglas, unas leyes, comunes para todos ellos. Si hay indicios razonables de que una parte consistente del pueblo español se siente un pueblo diferente y no quiere convivir con el resto, es completamente lógico asegurarse de si es así y en tal caso permitirle constituirse en pueblo soberano. Porque, ¿quién quiere convivir con alguien que no desea convivir contigo?

El Congreso de los Diputados español podría convocar un referéndum en Cataluña para preguntar a los ciudadanos de esa región si quieren constituirse como un país independiente, y si la respuesta fuera "sí" sería ése el momento de comenzar a estudiar los mecanismos legales y constitucionales para consagrar esa separación. No tendría sentido hacer una reforma antes, porque si la respuesta fuera "no" sería un trabajo innecesario. 

En cuanto a tener indicios razonables de que tal referéndum debería ser planteado, las elecciones autonómicas de 2015 enviaron un mensaje bastante claro: la victoria de una coalición de un partido de derechas y otro de izquierdas, con un único punto en su programa político - la secesión - y con más del 40% de los votos era un indicio más que razonable para pensar que era conveniente convocar tal referéndum, al estilo de lo que hizo el Reino Unido con Escocia en 2014. De hecho, ése era el mejor momento, visto desde un punto de vista de los defensores de la unidad, porque con una buena campaña de las ventajas de la unión con mucha probabilidad el "no" hubiera ganado con alrededor del 60% y el problema catalán se hubiera quedado aparcado durante décadas. Pero no estamos en 2015, por desgracia.

Desafortunadamente, el discurso que ha predominado en España (o al menos el que ha sido más ruidoso) es el de que la innegablemente gran masa de ciudadanos de Cataluña que se manifiestan en favor de la independencia están siendo manipulados, aludiendo repetidamente al perverso rol de los medios de comunicación y a la escuela. Tal pretensión es un tanto ridícula por una sencilla razón: quien la formula se arroga una superioridad moral sobre aquéllos a los que considera equivocados pero que en realidad simplemente defienden una opinión diferente. La televisión manipula, es verdad, pero, ¿no lo hace también la televisión que mira quien eso afirma? ¿Sólo él puede tener capacidad crítica para no dejarse manipular? Y en cuanto a la escuela, emerge en quienes eso afirman el esencialismo español del que hablaba en el post anterior. No sé si existe tal manipulación, desde luego yo no lo he visto en los libros de mis hijos y la mayor ya está en 6º de primaria - a expensas de comprobar si ésta es intensa en la secundaria y el bachillerato me inclino a pensar que no debe ser tanta (sin negar que algún docente pueda ser peculiar, como tantos docentes peculiares tuve que aguantar yo cuando era niño). La obsesión con la escuela catalana, me temo, tiene más que ver con la desafortunada frase del entonces ministro de educación Wert, quien proponía "castellanizar a los alumnos catalanes", cosa que tiene más que ver con relegar a la lengua catalana que a otra cosa. Y si algo sé de los años que hace que vivo aquí es que esta gente es orgullosa de su lengua y de su cultura, y si quieren hacer que el nacionalismo llegue a las nubes no hay mejor manera que atacar al idioma catalán.

Otro aspecto que merece la pena de ser discutida es la indiscriminada e injustificada represión del día 1 de octubre. La visión restrictiva de lo que es democracia (error común en ambos bandos, hay que decir) ha llevado, en el caso de ciertos sectores de la sociedad española, a tomar a las personas que fueron a votar el día 1 de octubre por delincuentes (ya que querían votar en un referéndum considerado ilegal). Ese razonamiento tiene una componente muy peligrosa: si damos por buenos los datos de la Generalitat y realmente fueron a votar 2,2 millones de personas, estaríamos diciendo que hay 2,2 de personas que actúan al margen o en contra de la ley. Pero si en última instancia la ley son unas normas de convivencia que el pueblo se da a sí mismo, y no una imposición de un gran señor, querría decir que hay una gran parte del pueblo, en un territorio concreto, que no está de acuerdo con esa ley, que no considera que se la haya concedido a sí misma sino que le viene impuesta de fuera. ¿Y no es eso un reconocimiento implícito de que una parte del pueblo español no se siente pueblo español?

Cayendo en el error de considerar delincuentes a esos cientos de miles de ciudadanos que querían votar el 1 de octubre se entiende en parte la represión desenfrenada. Con todo, el comportamiento de la Policía Nacional y la Guardia Civil falla en dos aspectos básicos: la proporcionalidad de la acción policial y la resolución del conflicto en la protección de bienes jurídicos. La proporcionalidad en el uso de la fuerza debe corresponder a la importancia de lo que se quiere proteger. A un ciudadano que se acaba de saltar un semáforo en rojo y que por tanto ha cometido una ilegalidad no se le dar una paliza sino que se le pone una multa. Si el referéndum ya se sabía que era ilegal y por muchos motivos una farsa sin garantías, ya me dirán por qué era tan importante evitar, usando tanta fuerza como se quisiera, impedir que la gente votase, con grave riesgo para la integridad de las personas. De hecho, la juez que ordenó impedir la votación no dio carta blanca para que se evitara a toda costa, sino que con buen criterio advirtió justamente que se hiciera sin recurso a la fuerza inmoderada. Y con respecto a la protección de bienes jurídicos en contradicción, se trataba de elegir entre respetar la integridad de las personas o cumplir la orden del juez de evitar una votación igualmente invalidada. Sólo alguien muy fanatizado dudaría sobre cuál era el bien superior, entre esos dos. 

Conviene recordar que la policía tiene como cometido proteger el orden público y velar por el bienestar de la ciudadanía. Por el contrario, una fuerza de represión tiene como cometido el castigo de los comportamientos no tolerados sin atender a otros principios. El espectáculo de las manifestaciones espontáneas delante de los cuarteles de donde partieron los efectivos que iban a Cataluña (ese indecente "¡A por ellos") y chistes abominables como el que reproduzco debajo de estas líneas dejan claro que la Policía Nacional y la Guardia Civil fueron enviadas a Cataluña como fuerzas de represión, lo cual sin duda ha causado gran malestar y pesar en ambos cuerpos.



La enorme torpeza del Gobierno de España, primero violentando sus propias leyes con los allanamientos y detenciones de septiembre, y después con el uso de la represión (y el poco afortunado discurso del Rey, que ni tuvo palabras para los heridos el 1 de octubre) ha probablemente incrementado el independentismo, empujando a él personas que rechazaban el procés por sus muchas deficiencias y su ventajismo, pero que más aún rechazan un Estado que se cree con el derecho de usar la violencia contra los que no piensan como él. Como pusieron de manifiesto las concentraciones del día 3, a estas alturas el independentismo está, probablemente, por encima del 50% de la población de Cataluña. No obstante lo cual, el apoyo al independentismo tiene una componente bastante efímera: uno de los lemas del procés es "tenim pressa", tenemos prisa; y es lógico que la tengan, pues ellos tienen un objetivo y saben que la ventana de oportunidad de la que disponen es estrecha. Sin todos estos años convulsos de crisis y desencuentros, el independentismo catalán aún estaría por debajo del 20% de la población que nunca fue capaz de sobrepasar; y solamente en alas del hastío y la desesperación de la clase media en retroceso ha conseguido llegar a los niveles actuales. Pero la élite que encabeza ahora mismo el proceso de secesión no representa tampoco a esa clase media candidata a la Gran Exclusión, y tarde o temprano el soporte actual podría desmoronarse, sobre todo si el movimiento se frena o incluso si no acelera. También conviene recordar que hay al menos un 30% de catalanes rotundamente unionistas, quizá incluso un 40%, y toda esa gente no puede ser simplemente ignorada o arrinconada (y ese 5 o 10% que no estamos en ninguno de esos dos lados por supuesto no contamos para nada). De ahí ese "tenim pressa". De ahí todo el despliegue de estrategia durante todos esos meses, de ahí el tactismo de la estrambótica declaración de ayer, de ahí todo sutil juego de ilegalidades y el ventajismo de arrogarse una legitimidad que no se tiene, usando para ello instituciones legalmente constituidas a partir de una legitimidad, la española, cuya jurisdicción en Cataluña justamente niegan. Si algo han demostrado el president Puigdemont y su equipo es que son personas inteligentes y muy buenos estrategas, y el Gobierno de España no podría cometer mayor error que seguir tomándoles por locos o por imbéciles.

El problema de fondo es que nuevamente nos encontramos en un debate unidimensional que no va al problema de fondo, como analizábamos en el post  "De hormigas y hombres". El fallido referéndum en Grecia, el Brexit, la victoria de Trump y tantos movimientos que están teniendo lugar en Europa responden al mismo patrón: creciente descontento, respuestas fallidas que responden a problemas diferentes del planteado. En estos días de sí y no, las posiciones de "quizá, pero" no son populares, son percibidas por los dos bandos como desafección, cuando no directamente traición. Una situación en la que me encuentro habitualmente.

Aquéllos que se enconan a uno y otro lado de una frontera, a la sombra de una u otra bandera, descubrirán con el tiempo que serán traicionados por los que creen que les defienden, los cuales llegado el momento se abrazarán y volverán a hacer negocios juntos (o al menos volverán a intentarlo). Pero los amigos que se enfrentan y dejan de hablarse, los vecinos que se dan la espalda, y los ciudadanos que, en suma, se quedan más solos, creyéndose que lo importante es aquello de lo que discuten en vez de aquello que les pasa, ésos no volverán a reconciliarse, al menos no por mucho tiempo. Cuando toda esta polvareda se disipe, veremos que lo que en realidad se estaba derruyendo era el pueblo, y que, como siempre, gana la banca.

Salu2,
AMT 

P. Data:
Algún lector podría preguntarse qué fue lo que yo hice a mi nivel personal el día 1 de octubre, puesto que no soy un ser etéreo al margen de esta sociedad en la que vivo, sino un ciudadano de la misma. Hice lo que creí que debía hacer, posiblemente equivocándome pero ejerciendo mi derecho a equivocarme siempre que respete a los demás. El día 1 de octubre fui a votar, puesto que considero que el problema que se ha planteado no se puede ignorar. No voté que sí, puesto que no deseo la independencia de Cataluña, sobre todo por razones sentimentales (y respeto a aquéllos que sí la desean). No voté que no, porque no estoy de acuerdo con el mantenimiento del status quo, porque creo que se deben cambiar muchas cosas. Así que voté en blanco. Y para ello esperé durante dos horas y media en la cola, con la angustia de no saber si se presentarían los de la fiesta de la porra. Y el día 3 fui a manifestarme en protesta contra la represión policial. ¿Hice mal? Seguro. Ya no se puede hacer bien.

domingo, 8 de octubre de 2017

Complejidad y energía



Queridos lectores,

Como prometí, aquí tienen la réplica de Luis González Reyes al artículo de Eduardo García sobre complejidad. 

Salu2,
AMT

Complejidad y energía

Sin duda, el texto de Eduardo García Díaz que aparecía hace unos días en este blog es muy estimulante y aporta miradas que son muy necesarias. Entro a discutir alguna de ellas.
Un primer elemento es cuando Eduardo comenta respecto a las propuestas que lanzamos distintas personas que:
Descomplejizar significa aquí menor producción de bienes (descenso del PIB) y menor consumo, menos habitantes, menor grado de especialización profesional, desorganización de estructuras jerarquizadas, menor “conectividad” y menor transporte de materiales, menos ciencia y menos tecnología, etc.
Frente a lo que él sugiere que:
El concepto de complejidad es relativo, no es lo mismo utilizar parámetros como el PIB o el número de habitantes (cuantitativos) que parámetros como el formato de organización social, es decir, el tipo de interacciones presentes (no son lo mismo las relaciones antagónicas que las de complementariedad), o el predominio de estructuras jerárquicas o de redes horizontales, parámetros que son cualitativos. Del mismo modo, no es igual hablar de complejidad del conocimiento, con indicadores como la acumulación de datos o el número de graduados, que hablar de conocimiento en relación con el formato organizativo de los sistemas de ideas.
Por lo tanto, un elemento central es definir a qué llamamos complejidad cada cual para poder discutir cabalmente. Partiendo de la base de que definir complejidad es difícil y que en absoluto es un consenso, yo uso cuatro indicadores:
  • Número de nodos del sistema. Cuantos más nodos tenga, más complejo es. En una sociedad estaríamos hablando, por ejemplo, de personas.
  • Interconexión entre los nodos. Si esos nodos no están interconectados, en realidad no podríamos hablar de un sistema y, cuántas más interconexiones existan, mayor complejidad habrá. Aquí se podría incluir la topología de esas conexiones, pero es muy complicado determinar cuál es más compleja. Eduardo aporta a este aspecto, probablemente con acierto, que una topología horizontal es más compleja que una vertical, pero en realidad hay infinidad de combinaciones y posibilidades que arrojarían resultados distintos. Una forma de compensar parcialmente esta carencia sería el cuarto indicador que propongo un poco más abajo.
  • Diversidad de los nodos. Cuanto más diversos sean, mayor será la complejidad del sistema. Una forma de ver esta diversidad es el grado y la variedad de especializaciones de los nodos.
  • Información que existe y fluye. Finalmente, cuanta más información fluya y esté presente en el sistema más complejo será. También cuantos más nodos accedan a partes de dicha información (lo que es un indicador indirecto de la topología).
Desde mi punto de vista, otros indicadores como el PIB o la jerarquía que Eduardo señala no serían indicadores de complejidad.
Como afirma Eduardo, esta forma de aproximación a la complejidad es muy cuantitativa. No aborda si la información es relevante o no, o si las interconexiones son jerárquicas u horizontales. No hace una valoración de si una organización del sistema es más deseable que otra (idea clave sobre la que volveré al final). Esta mirada cuantitativa no implica que un sistema más complejo no sea cualitativamente distinto que uno que lo es menos, pues las emergencias que se producirán en ambos serán cualitativamente distintas.
Creo que bajo esos cuatro indicadores sí es posible afirmar que lo que tenemos en la actualidad es una sociedad muy compleja y que lo que nos espera es un descenso en la complejidad: menos población, menos interconexión entre la población mundial, más población dedicándose a lo mismo (agricultura) y menos información contenida en la sociedad.
Al respecto del último indicador, Eduardo afirma:
Un ejemplo paradigmático de este enfoque aparece en el texto de Fernández y González (p. 187), donde entienden, por ejemplo, la complejidad social creciente como incremento de titulados universitarios. Desde la perspectiva que adopto, mayor complejidad sería conseguir mentes bien ordenadas en el sentido de Morin (2001); incremento de complejidad, éste último, que requiere de mucha menos energía que la producción de titulados repletos de información de “baja calidad”.
Lo qué Ramón y yo queremos destacar (puede que con poca fortuna) es que una sociedad con un gran flujo y cantidad de información requiere de personas que se especialicen en comprender y recrear dicha información (eso lo podemos representar en los/as titulados/as universitarios/as). Sin esta posibilidad (que requiere fuentes energéticas densas y abundantes para que un porcentaje pequeño de la población tenga que dedicar el grueso de sus esfuerzos a obtener energía) no habría altos flujos y cantidades de información gestionada. Tampoco podría haber una digestión de esa información para que sea accesible a un número alto de nodos.
Esto no está en contra de la crítica que hace Eduardo a la calidad de la formación universitaria, que comparto y que otra vez nos lleva a lo deseable de unos formatos sociales u otros (nuevamente esa idea clave sobre la que vuelvo al final).
En resumen, una parte de la discrepancia es que entendemos cosas distintas por complejidad.
Un segundo elemento a discutir es cuando afirma:
Se aprecia una aproximación determinista al tema del colapso civilizatorio cuando se dice que la complejidad de una sociedad es consecuencia de la cantidad de energía disponible.
Desde mi punto de vista, lo infranqueable son los límites (lo que determina), lo que se haga dentro de ellos está abierto y es fruto de las decisiones sociales. La energía disponible es una de las que marca esos límites y, tal y como he definido la complejidad, sí hay una relación directa entre energía disponible y complejidad factible. De este modo, cuando Eduardo afirma que:
Determinados sistemas complejos (los eco-socio-sistemas) sometidos a un flujo de energía presentan una interesante cualidad: aunque la energía se degrada deja una “huella” en forma de información (organización, en los términos de Morin). Es decir, el sistema se ordena de una determinada forma, de manera que, aunque la energía fluye (y pierde “calidad”), nos quedan estructuras que van a condicionar el uso posterior de ese flujo de energía.
Creo que no está en lo correcto, ya que estos sistemas complejos se sostienen gracias a un continuo aporte energético, tanto mayor cuando más grande es su complejidad. Prigogine lo explica bien con sus estructuras disipativas.
Un tercer tema es cuando afirma que:
No debemos considerar la ley del rendimientos decreciente como un axioma universal. Evidentemente, dicha ley nos sirve para entender, por ejemplo, la evolución de la burocracia administrativa, pero no sirve para explicar bien la evolución de un huerto en permacultura o los cambios en la organización de los sistemas de ideas.
Estoy de acuerdo con él. De hecho, creo que es algo que encaja muy bien en sistemas basados en la dominación, pero no tanto en otros más igualitarios. En el apartado 9.1 de En la espiral de la energía intentamos marcar esta diferencia. Pero creo que sí es un elemento muy relevante en nuestro sistema actual (como también fue en el Imperio romano). Los casos actuales en los que no se aplicaría no son los principales articuladores sociales.
Otro elemento de debate es el concepto de eficiencia. ¿Es nuestro sistema ineficiente? Bueno, depende de cómo se mire. Creo que es tremendamente eficiente en la reproducción del capital, para lo que necesita, entre otras cosas, un inmenso gasto energético. Pero las empresas no gastan más energía de la estrictamente necesaria (entendiendo por necesario también algunos gastos suntuarios que sirven para aumentar la productividad de sus empleadas/os). Han sufrido un proceso de optimización histórico bestial empujado por la competitividad. De esta manera, cuando Eduardo dice que:
Podemos concluir que aún teniendo menos energía, sería aún posible mantener un cierto grado de complejidad en determinadas organizaciones sociales. La clave estaría en la eficiencia energética del sistema social (capacidad de conseguir unos determinados fines con el menor gasto energético).
Yo creo que, para sus fines sociales, el capitalismo no es ineficiente. Otra cosa es que otros sistemas socioeconómicos, con otros fines, requieran menos energía que el capitalismo para conseguirlos, en lo que estoy totalmente de acuerdo con Eduardo.
Ahora bien, la capacidad de organización en colectivo humana a la que apela Eduardo también tiene límites y no se puede mejorar indefinidamente. Es más, no pensemos solo en los ejemplos (bien escogidos) de Eduardo para ver las potencialidades de una mayor cooperación social, sino también en los aspectos en los que el capitalismo ha forzado al máximo esa "cooperación" social. Volviendo al caso de una empresa, en general son organizaciones diseñadas para aprovechar al máximo el trabajo de las colectividades y desde luego juegan un papel central en nuestro sistema socioeconómico haciendo que sea altamente productivo.
Terminando, hay una interpretación incorrecta a lo que Ramón y yo afirmamos. Es algo secundario, pero aprovecho para apuntarlo. Eduardo afirma que:
Al respecto, es contradictorio mantener al mismo tiempo (como por ejemplo hacen Fernández y González, 2014) que la historia es una sucesión cíclica pero que no vuelven a ocurrir los mismos hechos ni en el mismo orden, de forma que cada nueva etapa es única.
Creo que no es contradictorio lo que decimos. Es más, es una definición parecida a la que él recoge de Morín de evolución helicoidal. Creo que en este aspecto estamos bastante de acuerdo. La historia nunca se repite igual, aunque tenga elementos que se parezcan a otros pretéritos.
Finalmente, entro en lo que considero que es la idea más relevante del texto de Eduardo:
Argumentos basados en la idea de que la variable clave no es el límite biofísico sino la respuesta social a dicho límite, de forma que adoptando determinadas modalidades de organización social (redes comunitarias coordinadas autónomas y autosuficientes, permacultura, complementariedad en vez de antagonismo …) más eficientes, podremos vivir mejor con menos (entender el decrecimiento como una oportunidad de mejora).
La comparto plenamente y creo que es clave entender el cambio que estamos viviendo, el colapso del capitalismo global y de la civilización industrial, como un momento histórico muy abierto lleno de oportunidades (y, claro esta, riesgos que no se le escapan a nadie). Entre estas oportunidades, está no entender una reducción de la complejidad como algo negativo desde la perspectiva social y ambiental. Las sociedades permaculturales que describe Eduardo son menos complejas (según los indicadores que uso) y, claramente, más deseables y resilientes. Otros debates serían cómo poder aprovechar esas oportunidades y cómo hacer los tránsitos lo menos dolorosos posibles.

Luis González Reyes

viernes, 6 de octubre de 2017

Estamos en el Titanic, no en el Endurance



Queridos lectores,

Carlos de Castro y Luis González Reyes han escrito sendos artículos en contestación al de Eduardo García Díaz de la semana pasada sobre el rol de la complejidad en el descenso. Les ofrezco en una primera entrega la réplica de Carlos de Castro, y en la segunda les ofreceré la de Luis González Reyes.


Salu2,
AMT


 
Estamos en el Titanic, no en el Endurance
 
Establezco una analogía que empleamos muchos aquí: La del Titanic. El barco es lo que llamaríamos nuestra Civilización Capitalista (productivista lo amplía más para incluir los casos de la URSS y Hitler al menos). 

Una vez que chocó con el iceberg, el Titanic ya estaba perdido. A eso nos referimos los “deterministas del colapso”. Si no se está de acuerdo con esto, entonces no se está de acuerdo en el diagnóstico, definamos como definamos esas abstracciones que discutimos aquí. Si lo que se piensa es que nuestra civilización está divisando el iceberg, entonces el diagnóstico es diferente y el problema y sus soluciones son diferentes, si lo que se piensa es que hemos chocado pero se puede evitar tecnológicamente el hundimiento, el problema y sus soluciones son diferentes (y esto es básico dilucidarlo; en mi opinión, tratar de salvar el Titanic con energías renovables y agricultura ecológica solo, en realidad es utilizar los botes salvavidas como flotadores del Titanic). En estos últimos casos, podemos intentar salvar el Titanic y, por supuesto, a toda la gente que habita el Titanic. En el primer caso, no podemos (ni debemos), porque es una pérdida de recursos y de tiempo con el riesgo de que se ahoguen todos, intentar salvar el Titanic, pero sí podemos (y debemos) salvar al mayor número de personas posibles.

En el Titanic se pasó a los botes salvavidas, mucho menos complejos –los midamos como los midamos- que el mismo Titanic. Esto ha pasado siempre en cualquier hundimiento/colapso de civilización. Es más, dentro de cada bote salvavidas, la “sociedad” es menos compleja que en el mismo Titanic y la forma de vida más “simple”: todos a una a remar, salvar a otros, ir a otros barcos y poco más, no creo que nadie se pusiera a ligar, a hablar de fútbol o del independentismo escocés, daba igual que fueras tenista, cantante, monje o cocinero, las relaciones, ya en los botes, serían plenas de emociones, la proximidad de la muerte cambaría radicalmente a las personas y seguramente las haría más profundas, se iniciarían amistades impensables en la sociedad del Titanic, pero eso vendría justamente luego, quizás a partir de que subieran a los barcos de rescate (las nuevas civilizaciones). Pero, desde la consciencia de la inevitabilidad del hundimiento hasta los barcos de rescate, se estuvo en un estado de emergencia, caótico a veces. Lo relevante no fue ir alegres y cantando felices a los botes –algo que me parece a veces que pretenden los que me dicen que no se debe “alarmar” con “catastrofismos”, y que creo que en el fondo la diferencia radica en una diferencia en el diagnóstico-.

La “sociedad” del Titanic, no estaba preparada para salvarlo (aunque en teoría alguien hiciera dudosos cálculos técnicos sobre la flotabilidad del Titanic con botes salvavidas debajo), y ni siquiera fue eficaz a la hora de ir a los botes. Y con eso cuento y deberíamos contar, porque forma parte también de los “límites” (barreras sociológicas que saltar). La sociedad del Titanic no era una sociedad de permacultores, ni un congreso de monjes budistas, ni tampoco tan “sencilla” como la sociedad del Endurance (que sí fue capaz de ser mucho más eficaz a la hora de salvar a la gente). Ninguna sociedad puede salvar el Titanic, ni la que lo ha construido y habita en él, ni otra “externa”; así como tampoco una monja budista en el Titanic habría podido salvar a todos (además, no había botes para todos).

Durante la catástrofe humana que se nos viene lo más importante, lo único importante ahora, es qué hacer y cómo comportarnos para acceder a los botes, algo en lo que tiene más relevancia la moral y qué salvamos de ella en momentos críticos que cuestiones tecnológicas de a cuántos podemos apretar en cada bote sin hundirlo (aunque ambas se entrelazan: “todo se realimenta”). NUESTRA sociedad está sesgada –no hablo de un limitante biofísico, pero sí de un fuerte sesgo- hacia comportarse de la peor manera ante momentos críticos (recientemente les pasó a los alemanes en la época de Hitler y se vio en el Titanic): lo vemos por doquier en cada cuestión que vemos en estos primeros momentos tras el choque del Titanic: rescate a los bancos en vez de a las personas en la crisis del 2008, tensiones resueltas violentamente, sea con actos terroristas o con las respuestas estatales, fracking en medio del caos climático… seguro que todos podemos poner muchos ejemplos, todos ellos con un punto a destacar: ¿qué resiliencia ética y moral tiene ESTA sociedad? (y aquí soy particularmente optimista cuando la pregunta se cambia a ¿qué resiliencia ética y moral tiene el ser humano?). 

En cuanto al meollo del artículo de Eduardo, creo que algunas ideas son pertinentes y pueden ayudarnos en el análisis del colapso, pero creo que confundimos algunas cosas cuando hablamos de determinismo termodinámico, metabolismo biológico o social etc. 

Eduardo puede dar la impresión de que los "deterministas", termodinámicos o los que establecemos analogías con sistemas metabólicos complejos, pretendemos "determinar" las salidas del sistema de forma concreta y absoluta (y cuando nos atacan dialécticamente pareciera incluso que nos alegramos de la situación). En realidad lo que hacemos es poner límites, no pretendemos, creo, decir, que la ley de la conservación de la energía lo explica todo, sino que cualquier sistema: químico, biológico, sociológico o mental, debe cumplir esa ley. Supongo que aquí estamos todas de acuerdo. También estaremos de acuerdo en decir que el tiempo se agota en el sentido de que cada vez "determinan" más los límites biofísicos las posibles salidas (se van estrechando las elecciones).

Cuando yo afirmo con rotundidad que la pérdida de energía neta en el sistema humano se va a realimentar con otras pérdidas biofísicas y que éstas se van a realimentar con las barreras que imponen las inercias de la "complicación" social que hoy tenemos, y que esto hace inevitable el colapso y hace inevitable una pérdida de complejidad del sistema humano (la midamos como la midamos), mi afirmación es contundente y no veo nada de lo que argumenta Eduardo que la desmonte.

Por ir al grano con ejemplos: la permacultura es una forma social de no muy alto consumo exergético (pero sí de un alto consumo de recursos temporales y geográficos) que además requiere, pensamos, de una sociedad compleja, más compleja quizás que la que hoy tenemos si la medimos con los parámetros que Eduardo propone. Estoy de acuerdo con Eduardo. 

Pero lo que afirmo también es que:

1º la permacultura no se puede extrapolar a 8000 millones de personas en este planeta y su “degradación” actual (y salvo una guerra atómica general o similar la “inercia” nos va a llevar temporalmente ahí y más), pero sí quizás a 1000 millones o quizás algunos más (recordemos: no hay botes salvavidas para todos porque se ha diseñado mal el Titanic), por tanto hay que visualizar como decrecer en población humana sin que eso nos lleve a una situación caótica, sea por vía de la permacultura o por cualquier otra, pero partiendo de ESTA sociedad.

Lo que seguramente pase es que la descomplicación del colapso capitalista conduzca a riesgos de tensión que hagan menos compleja ESTA sociedad en el paso a otra sociedad que queremos que sea más compleja con menos energía: por eso en parte necesitamos que sea más compleja que esta porque queremos que sea más eficaz que esta; les recuerdo que los sistemas competitivos son más simples e ineficaces que los coordinados/cooperativos, y a las pruebas de los metabolismos biológicos me remito, pero basta visualizar lo sencillo que es el correr 100 metros en pura competición frente al sistema competitivo/cooperativo del fútbol, mucho más complejo.

Si el capitalismo, con su sacrosanta competitividad, no ha colapsado hace siglos es porque los sapiens nos empeñamos en cooperar, aunque a base de siglos de "endoculturización" la gente se va transformando, y por eso, las barreras sociológicas han ido creciendo al tiempo que los límites biofísicos han ido descendiendo. En la época de los "realistas" -Goethe, Humboldt, Lamarck...- quizás hubieran estado mejor preparados si se hubieran encontrado con nuestros límites, pero hoy... deberíamos contar con la menos resiliente generación de la historia para enfrentar precisamente lo que se nos viene encima: ¿no somos un poco también "organismos" simples en busca del facebook para subir un selfie? Contemos con ello con com-pasión (y repito, esto no es catastrofismo, tengo un optimismo, de base científica y emocional, en la "naturaleza" humana, por pesimista que sea de ESTA cultura).

2º Como es muy difícil definir complejidad, tendemos a asociar al menos grandes saltos cualitativos con saltos cuantitativos (más es diferente que decimos precisamente los que no somos reduccionistas). Por tanto, sí es verdad que una sociedad de muy baja energía no puede ser más compleja que una sociedad de muy alta energía, aunque sea verdad que una sociedad compleja como la permacultura -que no olvida ciencia y tecnología "apropiadas"- no necesite tanta energía como otras más "complicadas" como la nuestra. Un camello puede usar menos energía que un caballo en el desierto, pero ambos usan mucha más energía que una medusa. Más es diferente, pero se requiere el más. El Amazonas es ecológicamente más complejo –en casi cualquier parámetro que tratemos de pensar para medirlo- que el ecosistema natural del Sahara (y, ojo, que Gaia necesita a los dos), y el Amazonas usa más recursos energéticos y materiales que el Sáhara (entendidos como ecosistemas de vivientes), de hecho, termodinámicamente hablando: un sistema complejo tiene más probabilidades de encontrar caminos de disipación energética (aumentar la entropía rápidamente) que uno más simple, pero si efectivamente lo hace, el sistema complejo “metaboliza” más energía que el más simple. Y al hacerlo, queda estabilizado y abierto a una mayor complejidad. Por supuesto, luego hay grados de eficacia en cada contexto (con igual complejidad que un bosquimal o un inuit yo en sus ecosistemas sería como organismo menos eficaz energéticamente que ellos, pero no hablamos de pasar de inuit a bosquimal, hablamos de pasar de caballo pura sangre a medusa, en el océano).

Pues bien, lo que no se acaba de comprender es que vamos relativamente rápido en términos históricos a una sociedad con un orden de magnitud menos de energía neta -entre otros problemas-, y ese salto cuantitativo es tan brusco, que hace inevitable, durante las próximas generaciones humanas, que la sociedad se descomplejice profundamente (aunque le podamos sacar partido a la menor complicación). Por lo tanto el debate sigue siendo cómo hacer  el colapso/descomplicación/descomplejización de ESTA socieddad para que no nos lleve a los escenarios MAd-MAx que queremos evitar casi todos –sospecho que algunas élites no-. Que vamos a vivir –se están viviendo- escenarios dramáticos es un "determinismo" biofísico/social": sí,también hay límites temporales a lo que una sociedad puede cambiar desde su "estado" social, ese es, de hecho, lo que hace que Eduardo tenga razón, pero en el sentido contrario, cuando afirma que  "la variable clave no es el límite biofísico sino la respuesta social a dicho límite". Nuestra respuesta social no se hace desde la permacultura porque a escala mundial, que es lo pertinente, no existe la sociedad permacultura, sino que existe la sociedad capitalista/modernista/tecnólatra, etc., mucho más limitada en lo que puede hacer con los límites biofísicos que lo que haría una sociedad “permacultura”.

No estamos en el estado final al que queremos llegar que lo tendría “solo” muy difícil para adaptarse con un simple "decrecimiento" y un cambio en el tipo de complejidad social para salvarlo, sino que estamos en un sistema muy complicado de "ineficiente" complejidad, que tiene que lidiar con su colapso. Por eso Naess y algunos que comparamos nuestra civilización con un sistema complejo y eficaz que ante un problema de límites biofísicos (Gaia) lo resuelve aumentando su eficacia y complejidad, sabemos que a ese sistema podemos aspirar a partir del  siglo XXII, pero es imposible partiendo del sistema que tenemos en el siglo XXI.
 
Una vez más, estamos en el Titanic, no en el Endurance, la tarea no es decirle a la gente que podemos ir a tierra y vivir sin los peligros de morir ahogados para que la gente no se asuste, la tarea, ahora, es decir eso, junto con: ahora tenemos que ir a los botes salvavidas y va a ser durísimo porque sabemos que no hay botes salvavidas para todos y esto está lleno de gente de 1ª clase con "instinto" de privilegiados, hagámoslo lo mejor que podamos pensando especialmente en los de 3ª clase (un tema moral, claro).

Por tanto, la literatura que cita y critica Eduardo creo que sigue acertando con el mensaje, y los matices de Eduardo pueden sernos útiles para ir pensando también en el siglo XXII y venideros; de hecho es justamente lo que hago yo con mi "ambivalencia" de modelos "colapsistas" de corto plazo –este siglo- + las "éticas gaianas" para el corto y largo plazo.

Carlos de Castro